Grandes relatos de detectives de baratillo presenta...
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La noche se cernía sobre la ciudad de Los Ángeles y el veterano detective Barry Hosch, de pie en su terraza, miraba a la noche a la cara directamente a los ojos.
A la mañana siguiente se duchó, se puso ropa acorde a su edad y se largó de casa sin decir una mierda porque Barry Hosch no vivía con nadie.
En cuanto Hosch puso un pie en el aparcamiento de la comisaría, todos sus compañeros y otros polis que ni conocía corrieron a saludarle.
- Eh, Barry. Qué pasa, Barry? Mirad, ahí va Hosch.
Hosch ni se paró. No estaba de humor ese día, ni ningún otro tampoco.
Le habían trasladado hacía seis meses a una nueva unidad de élite: las Fuerzas Especiales de los Asesinos en Serie, las FEAS, por lo que no había tías en su unidad ni se las esperaba.
Y es que ¿qué detective femenina en su sano juicio iba a solicitar su ingreso en las FEAS? Aunque en seguida Hosch recordó que sí había una detective en las FEAS, la Detectiva fea, aunque claro, ésta sí era lo bastante FEA.
Como consecuencia, Barry Hosch llevaba seis meses sin mojar el churro marcarse un "home run".
Aquel traslado forzoso tras su último y sonado caso era sin duda una venganza del subcapitán Johnson Johnsons, su rival en las altas esferas desde la vez que en el funeral de un poli Hosch destapó que el subcapitán Johnsons era calvo y gastaba peluca.
La sala de las FEAS era el tipo de cuchitril que los mandos policiales llamaban espacio de coworking y no era más que un sucio rincón maloliente en el subsótano de la comisaría.
- ¿Algún mensaje? - preguntó Hosch al llegar a su mesa, mientras recargaba la pistola y cogía tres cargadores más.
- Nada, Barry. - respondió Elgar pasándole un café de máquina expendedora que llevaba ahí varias tomas.
Además de por Barry Hosch y su fiel compañero Perry Elgar, la unidad de las FEAS estaba compuesta por un gordo, un viejo y la Detectiva FEA. Quitando eso y el Teniente cuando pasaba por ahí para gritarles, Hosch no trataba nunca con ningún otro policía a no ser que fuera un policía corrupto al que iba a disparar o una tía buena del FBI a la que se terminaría follando.
- ¡Hosch! ¡Elgar! - gritó el Teniente hecho una furia. - El genocida en serie ha atacado otra vez. Es su víctima número 3814 y quiero saber qué progresos hemos hecho en el caso.
Hosch se encogió de hombros.
- Verá, señor. Aquí el Perry Elgar dice que tiene una pista. No es así, Perry Elgar?
- Sí, es una pista, pero de baile. No muy grande.
El teniente se mostró satisfecho con la pista de Elgar y quedaron ese finde para marcarse unos pasos y mover el esqueleto. Acto seguido amonestó oficialmente a Hosch por no haberse averiguado ni una pista, ni siquiera de tenis.
- Con el debido respeto, teniente. Lo que necesitamos son más medios y más personal.
- Maldita sea, Hosch, no me vengas con esa mierda. Sabes que tengo a toda la división en turno doble resolviendo los acertijos que nos envía el maldito genocida en serie.
- Señor, eso de los acertijos son chorradas de listillo que hace para distraernos.
- Me da igual, detective. El genocida en serie nos ha desafiado y no voy a dejar que ningún tarado psicópatico, por muy ingenioso que sea, se burle de nosotros en público. Y menos en año de elecciones.
- Sabe qué, teniente? Acabo de tener una idea.
- ¿Qué idea, Hosch?
- La idea de salir afuera a fumarme un cigarro.
Hosch lo odiaba, todo.
Odiaba su vida, su trabajo, a las personas... Eso era lo que hacían con uno veinte años en el cuerpo de Policía de la ciudad de Los Ángeles tratando a diario con caníbales pedófilos incestuosos y otros degenerados hijos de puta.
Por supuesto, Hosch también odiaba los recortes de presupuesto, y la infradotación del departamento, y los años de elecciones, pero sobre todo lo que Hosch más odiaba en el mundo era a ese reputo del genocida en serie.
El tío era el psicópata más psicopáticamente jodido de la historia y Hosch iba a pararle los pies como fuera. Y luego harían la película.
Volvió a comisaría todavía fumando porque a Hosch se la sudaba ya todo y se dirigió a los aseos para lavarse la cara y mirarse intensamente al espejo, poniéndose a la cola de polis que aguardaban su turno en los lavabos para hacer justamente lo mismo.
Y es que la población civil no suele ser consciente, pero entre el 20 y el 25% de la jornada de un detective de homicidios consiste en lavarse la cara y luego mirarse todo preocupado al espejo.
- Se ve que uno de los dos lavabos está atascado y no desagua. - comentó un poli de mediados de la fila.
- Dime que no es el del fluorescente que parpadea. - preguntó otro con fastidio.
- Necesitamos más lavabos en el baño, maldita sea. - protestó el de más allá. - ¿Así cómo esperan que hagamos nuestro trabajo?
Lo cierto es que Hosch nunca había creído mucho en el procedimiento policial de ir al espejo a poner caras como de estreñido, por lo que a veces aprovechaba ese tiempo para quitarse algún punto negro o algo.
La discusión en la cola del baño comenzaba a irse de madre cuando Hosch mandó todo el mundo a callar: En la televisión de la esquinilla en el techo estaban dando la noticia:
- El genocida en serie acaba de genocidar a 1200 personas más, subiendo de golpe dos escalafones en la clasificación criminal, de genocida en serie a supermultigenocida en serie.
Barry Hosch y Perry Elgar salían de comisaría tras haber agotado su jornada laboral.
- Tienes que encontrar una pista, Barry, macho. Aunque sea de petanca.
Se pararon los dos así como casualmente frente a la cámara.
Sabían, lo sentían en los huesos, que el supermultigenocida en serie volvería a matar esa noche a al menos 900 personas más y no podían hacer nada para detenerlo.
- Maldita sea, está jugando con nosotros.
- Acabará cometiendo un error, Barry, ya lo verás.
Barry Hosch se subió a su Ford Pinto del 79, y Perry Elgar se montó en su Bugatti.
- Sabes qué te digo, Elgar?
- Qué, Barry?
- Que le den al Asesino Genocida en serie. Nosotros tenemos más estilo.
Y dicho esto ambos derraparon sus cochazos y se fueron cada uno a investigar por su lado.
El detective Barry Hosch se despertó a la mañana siguiente con un terrible dolor de cabeza. Se había pasado toda la noche jugando a videojuegos y ahora se arrepentía.
Seguía sin tener una pista, y sabía que el teniente iba a crucificarle por ello. Convocaría una rueda de prensa para denunciar públicamente la falta de pistas de Hosch y Hosch odiaba que le hicieran esa mierda.
Miró de nuevo varios folletos de instaladores de pistas de petanca, pero se le iban todas del presupuesto.
- Pero si es que tampoco tengo sitio donde meter una puta pista de petanca. - se dijo Hosch, angustiado. - ¿Qué hago? ¿La pongo en el salón?
Hosch y Elgar iban ahora a toda velocidad en su coche de incógnito haciendo sonar la sirena yendo de una escena del crimen a otra.
La verdad es que a Hosch le relajaba conducir por la ciudad a 200 millas por hora esquivando por los pelos el tráfico de cara, aunque su compañero Elgar no lo llevaba tan bien y a veces se cagaba en los pantalones.
Cuando llegaron al lugar del último genocidio, la forense gótica sexy se encontraba ya procesando la escena del crimen.
Ella y Hosch mantenían una buena relación sexual, de esas que tenían sexo del guarro y luego estaban dos meses sin volver a hablarse por vergüenza de la de guarradas que se habían hecho la última vez. Lo que se dice una relación sexual sana y normal, vamos.
Barry Hosch se preguntó si la forense gótica sexy sería la tía buena que iba a follarse en este caso.
- ¿Qué tenemos?
- Lo de siempre, Barry.
Hosch asintió mirando a su alrededor con los brazos en jarras. La escena del crimen era la habitual del genocida en serie: Muertos por todas partes, genitales en botes de formol y medio Antiguo Testamento garabateado con sangre en paredes y techos. Modus operandi: Masacre.
Y en el centro, la firma del genocida en serie: un libro manuscrito repleto de acertijos. Una copia habría sido ya enviada al The Los Angeles Times, que lo publicaría hoy mismo en una edición extra junto a las tapas.
- Hazme un favor, Sharon.
- Susan.
- Saca huellas de esto antes de que lo toque nadie y llámame cuando tengáis los resultados.
- Descuida.
- ¿Quieres hacer una copa luego?
- Lo siento, Barry, pero tengo la regla y no me he depilado.
Hosch abandonó la escena del crimen y se puso al volante de su viejo Ford Crown Victoria. Nada más verle entrar, Perry Elgar, que se había quedado dentro para que no les robaran el coche, le hizo un gesto con la cabeza.
- ¿Qué te ha dicho la forense, Barry? - preguntó Elgar. - ¿Te la follas?
Hosch puso en marcha el motor.
- Esta vez parece que no.
Aquello era un serio contratiempo: Los dos llevaban de compañeros el tiempo suficiente como para saber que ninguno de sus casos se conseguía resolver hasta que Hosch no se chuscaba a una tía.
Cuando Barry Hosch llegó al parking de la comisaría tuvo ganas de dar media vuelta nada más ver la que había ahí montada.
Una nube de periodistas rodeaba al teniente que, de pie en un atril y frente a un escenario improvisado, despotricaba abiertamente contra Hosch, con infografías y todo. Coño, que lo estaba echando a los leones. Para colmo, Hosch comprobó que era persona doblemente non grata de la rueda de prensa cuando vio al frente del equipo de seguridad a su némesis en Asuntos Internos: Kirk Haggerty.
- Lo siento, Barry, pero no puedo dejarte pasar.
- ¿Lo sientes? No me hagas reír, Haggerty. Tú y yo sabemos qué está pasando aquí. Esto no es más que una encerrona.
- Mira, Hosch, te lo advierto: No vayas por ahí.
- ¿Sabes cuál es tu problema, Kirk? Una letra. Si tus padres te hubiesen puesto de nombre Dirk Haggerty podrías haber sido alguien, alguien importante, quién sabe, hasta puede que un tío guay. Pero no, en lugar de eso te llamaron Kirk Haggerty, que, francamente, es nombre de subnormal.
- ¡Te voy a partir la cara, Hosch! - Kirk Haggerty perdió los estribos frente a las cámaras. - Estás muerto, ¿me oyes? Voy a por ti, ¡soltadme, hijos de puta!
Todos los medios de comunicación allí convocados centraban ahora su atención en Hosch, que ni siquiera se había bajado del coche durante su altercado con Haggerty.
Tras darle en plan todo chulo al botón de abrir el maletero, Hosch salió del vehículo, cogió de la parte de atrás una caja llena de polvo y con su colección de vinilos de jazz se dirigió hacia el teniente y los representantes de todos los medios congregados allí por él.
- ¿Quería pistas, teniente? Miles Davis, "Kind of Blue". Grabado en tres pistas o en ocho, no sé. Esta mierda de Art Pepper, lo mismo. - Hosch sacaba discos de jazz de la caja y se los tiraba al teniente como si fueran frisbees. - Son pistas musicales, por donde van los instrumentos. Aquí habrá unos cien discos. Eso son entre 300 y 800 pistas. - el detective lanzó la caja a los pies del atril. - ¿Le parecen suficientes pistas, *teniente*?
El superior directo de Hosch fue a protestar, pero Hosch le cortó de raíz.
- No, no me venga *usted* con esa mierda. Mire, le diré cómo lo veo: El supermultigenocida en serie está ahí fuera. Y da la casualidad de que yo soy el único supermultidetective de Homicidios que tiene esta ciudad. Sólo le pido que me deje trabajar, y prometo traerle a ese cabrón esposado en 24 horas.
Y dicho esto estalló a espaldas de Hosch una explosión, pero de júbilo periodístico. Los reporteros lanzaban preguntas atropelladas, los fotógrafos disparaban sus flashes con histeria mediática y los titulares se componían sobre la marcha: "Las últimas horas del genocida en serie", "Hosch, supermultidetective de Homicidios".
No es que lo diga yo, pero Hosch había quedado de puta madre.
Volvió al coche, a tiempo de ver cómo los de Asuntos Internos de Asuntos Internos se llevaban a Kirk Haggerty.
- Bien hecho, Barry. - le felicitó Elgar. - Y en cuanto a Haggerty, estaremos un tiempo sin saber de él, pero sabes que volverá.
Hosch asintió dándole una calada al cigarro:
- Siempre lo hacen.
La cosa parecía satisfactoriamente resuelta, pero Hosch no dejaba de preguntarse quién vigilaría a los de Asuntos Internos de Asuntos Internos.
- Y ahora, Perry, vamos a buscar pruebas.
- Eso, que se jodan las pistas.
- Lo tenemos, Barry. ¡Lo tenemos! - gritaba el Perry Elgar a los cuatro vientos. - ¿No sientes la excitación recorriendo todo tu cuerpo? Joder, podría disparar rayos por los pezones!
Hosch y Elgar salían de casa del entrevistado, una persona de interés en la investigación. Habían cumplido con el típico trámite detectivesco de hacerle una visita oficial a un tipo escogido al azar para aumentar el número de posibles sospechosos y crear así más intringulis cuando se resolviera el caso al final, pero Hosch no parecía muy convencido.
- No sé. - dijo Barry Hosch con cara de acidez estomacal. - Ya veremos.
- Barry, joder. Es nuestro hombre. ¿Viste la colección de Funko Pops desos? - insistió Elgar. - Por el puto amor de Dios, pero si el fulano hasta se apellida McGuilty!
Todos ellos argumentos válidos, razonó Hosch para sí. Pero si McGuilty era culpable, ¿por qué la entrevista se había despachado con una elipsis?
Hosch llevaba ya un rato viendo que algo no terminaba de encajar. Se había arremangado y estaba agachado intentando volver a enroscar la tubería de desagüe del lavabo atascado (el del fluorescente que parpadeaba).
Sabía que no esperar al de mantenimiento era jugársela con el sindicato de policía, pero Hosch siempre había creído que la verdadera pasta de un hombre podía verse no en un tiroteo o en una situación con rehenes, sino en una emergencia de fontanería.
Hosch estaba liado en poner otra vez en su sitio todo lo que es el bajante, cuando volvió la cabeza al notar que alguien le ponía una mano en el hombro. Era la Detectiva FEA.
- Quita, coño. - dijo Hosch apartándose así como con asquillo, pero la Detectiva no se amedrentó:
- Hosch, te amo con toda mi alma. Recibiría una bala por ti, hasta en el coño. Y luego te haría una serie de guarradas en la cama que alucinarías de lo guarra que me pones.
Hosch la interrumpió sin miramientos. Por lo general no soportaba que nadie le hablara tanto, a no ser que fuera un testigo o un asesino confesando, y ni aun así. Pero algo en el aspecto de la detectiva parecía haber cambiado. Barry la miraba a los ojos con otros ojos. La detectiva ya no le parecía tan fea, de hecho, estaba bastante bien.
A ver, que tampoco es que la tía fuera ahora un pibón, pero por primera vez Hosch veía aquí y allá rasgos que la redimían, como aquellos ojos que le miraban desbordados de amor y que eran lo más hermoso que Hosch había visto en todo el día.
Hosch comprendió entonces que se había enamorado.
Esa misma noche fueron a cenar a un Burger King, pero había gente con muy mala pinta y terminaron en Sunset Boulevard comiendo unas salchichas. Hablaron con la boca semillena del caso del supermultigenocida en serie y de sus propias vidas, de sus deseos, de sus pequeños triunfos, de sus grandes derrotas. De sus esperanzas.
La improvisada velada les resultó muy agradable y acabaron subiendo en coche por las colinas, hacia la casa de Hosch.
Por el camino vieron el clásico letrero de "HOLLYWOOD", sólo que esa noche ponía "LOWLYHOOD": El anagramista en serie había vuelto a actuar, cambiando otra vez el orden de las letras, y Hosch y la Detectiva se sonrieron. El caso lo llevaban Dick y Parsons.
Al llegar a casa Hosch puso el único disco que le quedaba, uno de los chinos de Chet Baker, abrazó a la Detectiva y juntos contemplaron las imponentes vistas desde la terraza.
- ¿Qué quieres que hagamos? - preguntó ella en plan sensual.
La noche, la ciudad de Los Ángeles a sus pies, el Chet Baker de los chinos sonando... Se miraron a los ojos durante un instante que pareció eterno.
No había una forma fácil de decirlo, así que Hosch lo soltó tal cual:
- Quiero que me hagas de pornochacha.
Ella se apartó disgustada y Hosch levantó las manos como para tranquilizarla:
- Escucha, sé lo que parece, pero no es por machismo ni para ahorrarme el dinero de una asistenta. Es, no sé, una fantasía rara que tengo.
La Detectiva dudó. Ella era una persona en cierta forma tímida, criada en el Medio Oeste en los más firmes valores tradicionales, por lo que no le hacía de pornochacha a cualquiera, y menos al primero con el que se iba a follar.
- Anda, dame ese gusto, moger.
La detectiva se despelotó entera y Hosch le indicó dónde se guardaban los utensilios de limpieza.
Aprovechando que la Detectiva se ponía con el pornochachismo, Hosch volvió a repasar los archivos del caso, estudiando a conciencia las fotografías de las muchas escenas del crimen. Sabía que algo se le escapaba, pero no sabía qué, y eso le molestaba. Normalmente Hosch tenía la concentración de un rayo láser, pero con el ruido de la aspiradora así era imposible.
- Perdona, ¿te importa? Algunos intentamos resolver un caso aquí.
Disculpándose, la detectiva y pornochacha a tiempo parcial detuvo el aspirador y con su gran y voluptuoso hey hey se largó desnudamente a la cocina, dejando así de violentar el área de trabajo de Hosch con sus turgentes contoneos.
Tras diez minutos de intenso trabajo policial y un par de cabezadas Hosch creía por fin haber dado con algo y llamó a la detectiva para que le trajera dos cervezas.
Esta volvió de la cocina con los guantes de fregar puestos y un delantal que le dejaba a la vista el derrière.
- ¿Desea algo el señor? - dijo "señor" en español, a diferencia del resto del relato, que está escrito en inglés.
- ¿Sabes hacer perfiles psicológicos?
La Detectiva asintió y se puso a analizar las fotografías e informes desparramados sobre la mesa de Hosch, mientras éste daba buena cuenta de las dos cervezas.
- Varón caucásico de entre 20 a 45 años. De pequeño torturaba gatitos y hamsters. Disfruta con lo que hace, y no va a parar.
Hosch asintió, estaban ante el típico caníbal pedófilo incestuoso de manual.
- Sin embargo, también me parece que... - la Detectiva dudó. - No sé, yo diría que aquí hay algo más, como si el genocida fuera realmente idiota.
- Bueno, ha matado a doce mil personas. - señaló Hosch. - Yo diría que además de idiota como poco es gilipollas.
- No, no lo digo como insulto. Digo que es corto, retrasado, mongolo. Ya sabes, subnormal. Muestra el nivel de organización de un deficiente mental.
Algo pareció encenderse en Hosch.
- ¿Qué acabas de decir? Repite eso.
- Retrasado, mongolo. Sub-nor-mal. Deficiente mental.
- No, eso no, lo de antes de... antes.
- Ah, pues que es idiota.
Hosch asintió, perdido en profundas cavilaciones. Estaba pensando cómo encajaba esa nueva información en su investigación, cuando sonó su teléfono móvil.
Era el subcapitán Johnson Johnsons, y quería ver a Hosch en su despacho a primera hora.
- El puto calvo de mierda.
"El puto calvo de mierda". El subcapitán Johnson Johnsons había pasado de llevar peluca a ser conocido en el departamento que gobernaba con mano de hierro como "el puto calvo de mierda", y le encantaba. Si la vida te da limones haz limonada. Y en ese sentido el subcapitán Johnson Johnsons era el dueño calvo de la Schweppes de limón.
Todas las mañanas hacía subir al subteniente de Asuntos Internos de Asuntos Internos de Asuntos Internos desde la cuarta planta hasta su despacho en la séptima sólo para que le abrillantara la cabeza de manera que, a eso de las cinco de la tarde, el sol que entraba por la ventana se reflejara en su calva, iluminando con ella todo el Sunset Strip.
- Que pase. - dijo Johnson Johnsons por el telefonillo, interrumpiendo su delirio calvorota.
- ¿Quería verme, subcapitán?
- Pero si es Hosch, el supermultidetective de Homicidios.
- Con el debido respeto, señor...
- Joder, Hosch. No me venga con el "con el debido respeto". El "con el debido respeto" lo inventé yo. ¿Cree que no sé que me dice "con el debido respeto" y por dentro se caga en mi madre?
Hosch asintió, encajando el rapapolvo con deportividad. El puto calvo de mierda tenía razón: El "con el debido respeto" era el "yo no soy racista pero..." de los policías.
- Lo que quería decirle, señor, es que estoy en medio de una investigación. ¿Qué es eso tan importante que tiene que decirme y no puede esperar?
- A su debido tiempo, detective. Pero antes, dígame: ¿Es cierto que tiene en su casa a una agente del cuerpo planchándole en pelotas?
Barry Hosch se sonrojó. No imaginaba cómo se las había arreglado el puto calvo de Johnsons para enterarse tan pronto.
- Hosch...
El subcapitán Johnson Johnsons tenía la costumbre de pronunciar el apellido de Hosch como si el nombre de pila de Hosch fuera "Me cago en tu madre, [Hosch]". Y el puto calvo de mierda no había hecho sino empezar:
- Trate de poner en orden su mierda, detective, antes de que su mierda salpique a todo este departamento.
Los dos hombres se miraron fijamente en un pulso de voluntades. Entonces Johnsons volvió a hablar:
- ¿Cuánto tiempo le dijo al Teniente que necesitaba para detener al supermultigenocida en serie?
- Veinticuatro horas.
- ¿Y eso exactamente cuándo es?
- Bueno, estamos en fin de semana, y luego está el puente, - Hosch calculó. - o sea que yo diría que el miércoles o por ahí.
- Hagamos que sean 24 horas netas a partir de ya.
Hosch asintió.
- ¿Conoce al menos la identidad del supermultigenocida en serie?
- Todavía no puedo probarlo, pero tengo una corazonada. El supermultigenocida en serie es...
- BRRRRRRRRR ÑIE ÑIE BRRRRRRRRRRRRRR
Hosch pronunció el nombre del sospechoso, pero ninguno de nosotros pudo oírlo por culpa de Johnson Johnsons y el ruido de su máquina de afeitar repasando un pelillo que se había encontrado en la cabeza el puto calvo de mierda.
Sorprendido por la revelación de Hosch, Johnson Johnsons guardó la máquina de afeitar en su estuche y se tomó su tiempo antes de responder, tras ponderar las graves implicaciones políticas del caso.
- Mire, Hosch. - dijo finalmente. - Voy a tratar de ser justo con usted: No me gusta, ni usted ni sus métodos. Le detesto, dicho pura, simple y llanamente. Si pudiera le mearía en la cara. Pero reconozco que, me cago en la puta, que me aspen si lo que dice no tiene sentido.
Hosch asintió. A él mismo también le parecía que había hecho un trabajo de puta madre.
Se disponía a salir del despacho cuando:
- Una cosa más, Hosch. - añadió el subcapitán Johnson Johnsons. - Sé que se le da bien esto del detectiveo, pero no la cague esta vez: No más gente en directo en el telediario de las tres deshaciéndose la carne de la cara con ácido sulfúrico y no más autobuses repletos de bebés saltando por los aires. ¿Me ha entendido?
Hosch asintió, había captado el mensaje.
- Y tiene que conseguir más detenciones relacionadas con el cambio climático. Todo eso de los caníbales genocidas multiples está muy bien, pero el mayor criminal de nuestros tiempos es el cambio climático. ¡Nadie mata más que el cambio cli...
Pero Hosch ya se había ido.
Cuando Hosch regresó, la Detectiva limpiaba los ventanales en bragas y chorreaba de abrillantador toda en plan sensual.
Y la choza relucía como los chorros del oro. Desde luego, la detectiva del Departamento de Policía de Los Ángeles y pornochacha suya a tiempo parcial se había esmerado limpiándole la casa a conciencia, revalorizando el valor de la propiedad unos 20.000 dólares o así.
Hosch, sin embargo, no estaba en absoluto satisfecho:
- Tenemos que hablar. Mira, lo siento, pero creo que esto no funciona.
- ¿Qué? ¿Por qué dices eso, Hosch? - preguntó ella.
Parecía genuinamente herida, como si justo Hosch acabara de dispararle a bocajarro con una .357 Magnum metafórica.
- ¿Que por qué digo eso? ¿Que por qué digo eso?
Hosch cogió a la Detectiva del brazo y la condujo de muy malos modos hasta un rincón del salón cerca del pasillo.
- Mira, te has dejado toda esta parte sin pasar la aspiradora.
La detectiva se deshizo en disculpas y, entre llantos y súplicas, le pedía a Hosch que le diera otra oportunidad.
Hosch no sabía si hacerlo, la verdad. Ciertamente, es que si lo piensas, la cosa era tope jodida. Ya sólo el hecho de dejarle las llaves a una tía tan loca como para ponérsete a fregar la casa en pelotas...
Pero al final llegaron a un acuerdo y ella le vendría también los domingos.
Pese a todo, Hosch seguía sin verlo claro:
- Escucha: Si te quedas a mi lado, si te dejo entrar en mi vida, si pasas a formar parte de esto, el genocida en serie te acabará secuestrando. Y no puedo volver a pasar por eso. Otra vez no. Ya van 27 veces o así y comienza a darme pereza.
- Conmigo no tienes que preocuparte, Barry. Soy cinturón negro de Krav Maga y experta en Jiu-jitsu y Karate de los 80.
Aquello terminó de convencer a Hosch, que le hizo un gesto como de que sí que sí, le dio su ropa y, acompañándola fuera, la puso de patitas en la calle, cerrando la puerta de casa tras de sí y echando para siempre a la detectiva de su vida.
Hosch había reunido al equipo táctico de la unidad, que era la misma unidad en sí, a saber: él (Hosch), Perry Elgar, el viejo, el gordo y la detectiva.
De Perry sabía que se podía fiar y aportaría el alivio cómico que pudieran necesitar si llegaban vivos al desenlace. En cuanto al gordo y el viejo, al principio eran personajes con texto, pero no funcionaron en las pruebas y como no había presupuesto para reemplazar a los actores, se les había relegado al papel de meros extras y, aunque meros extras, querían ayudar, haciendo lo mejor que sabían hacer, es decir: Estar ahí sin decir nada.
Y, sobre la Detectiva, verán: Esto es harto más delicado. Hosch la había convocado como a los demás en la sala táctica de la unidad, que era la misma sala de siempre, y ella se había presentado (cabe aclarar, vestida).
Hosch la abordó nada más verla entrar.
- He oído que estás haciéndole de pornochacha a Dick Gordon.
- A quién le friegue la casa con todo al aire ya no es asunto tuyo, Hosch.
Hosch entonces, contraviniendo toda normativa, la cogió bruscamente del brazo y le dijo que sin rencor y que lo llevaran profesionalmente. Ella entonces le besó y follaron en las taquillas. Luego follaron otra vez en el baño. Y luego otra vez en la garita del sargento aprovechando que este había salido a hacer un recado.
Y ahora que les he puesto al día de las actividades previas de Hosch, Hosch iba a poner al día al resto de la unidad de las FEAS, las Fuerzas Especiales de los Asesinos en Serie.
- He reunido a todo el equipo hoy aquí porque, veréis: Sé quién es el supermultigenocida. Se trata de...
- Joder, el McGuilty, ¡lo sabía! - exclamó Elgar, haciendo un elaborado saludo de ghetto consigo mismo.
- No, no. No es el McGuilty ese. Joder, Perry. Qué perra te ha dado con el tío ese.
Hosch prosiguió:
- Para empezar, olvidad todo lo que creéis saber sobre el caso. ¿Y qué es lo primero que hemos dado por sentado durante esta investigación?
Silencio.
- Exacto, que el supermultigenocida en serie es una persona de raza blanca. Pero yo he descubierto que no, que es negra, por una serie de circunstancias que ahora serían muy largas de explicar.
Todos asintieron enfáticamente, ayudando así a Hosch a superar el enésimo boquete que presentaba la trama por culpa de la crónica falta de presupuesto.
- ¿Y cuántas personas negras han salido en esta historia?
Todos miraron a Perry Elgar.
- ¿Qué? Coño, no me jodáis. ¿Pensáis que he sido yo?
- También está el subcapitán Johnsons. - observó la Detectiva.
- No. - negó Hosch. - Johnson Johnsons es un cabrón y un calvo de mierda, pero jamás haría algo así.
Todos volvieron a mirar a Elgar.
- Os lo digo en serio, me estáis comenzando a romper las pelotas, hijos de puta.
- ¿Y qué hay del Teniente? El Teniente es negro. - señaló otra vez la Detectiva.
- Bingo. - le disparó Bosch con la mano en forma de pistola.
Aunque Perry Elgar estaba aliviado por no haber resultado ser el supermultigenocida en serie, no terminaba de tenerlas todas consigo:
- ¿Y entonces qué pasa con McGuilty?
- Cojones, Perry. Es que pareces mongo. El tío se llama Johnny McGuilty. Johnny, ¿lo pillas? Como esos nombres de coña en plan Johnny Mentero o Johnny Melabo.
- O como Benito Camela, Monica Galindo, Leandro Gado, o Armando Esteban Quito. - dijo el extra gordo colando una morcilla.
La cosa se le estaba desmandando a Hosch, ya sólo faltaba que el extra viejo se pusiera a declamar Shakespeare el hijoputa, así que tiró de golpe de efecto.
- Está bien, a ver, mirad esto:
Hosch hizo bajar del techo un mapa de Los Ángeles todo lleno de alfileres, como si a la ciudad le hubieran estado haciendo vudú cartográfico.
- No hay una puta calle en todo este mapa que no haya sido escenario de un genocidio del supermultigenocida en serie. Perdón, ¿he dicho ni una? Porque sí la hay. Una. Cuesta verlo pero aquí está: Gay Street Road. ¿Y quién vive ahí? El teniente.
Hosch hizo un mic drop y todos aplaudieron, ahora sí estaban convencidos, incluso Perry.
- Joder, Hosch, eres un puto genio.
- No, compañero. Yo sólo hago mi trabajo. Mi trabajo como supermultidetective de Homicidios.
Barry Hosch y Perry Elgar salían de comisaría. Llevaban sus pistolas cargadas y Barry un subfusil táctico de las Fuerzas Especiales y Perry una escopeta.
- ¿Esperamos a los refuerzos, Barry?
Hosch sacudió la cabeza:
- Yo no he esperado a los refuerzos en toda mi puta vida, y te diré una cosa, Perry: Que me jodan por el culo si empiezo a hacerlo ahora.
- Repito, el sospechoso va en un Citroen Tiburón cabrio color marrón, matrícula... - gritaba Perry Elgar por la radio. - Joder, Barry, ¿es que no puede ir más deprisa este trasto?
Cortaron a 245 millas por hora por el paso de Cahuenga. El motor del viejo Ford Chevrolet del 76 de Hosch rugía como un león que experimentara por primera vez un enema.
- ¿Qué tipo de marrón, detective? - respondió el sargento por radio desde comisaría. - Sea más concreto, porque marrones hay muchos. ¿Marrón chocolate, marrón café, beige quizá, marrón caca?
- ¡No me joda, Sargento! - exclamó Perry a la radio. - ¿Cómo quiere que sepa qué tono de marrón es? Vamos a 300 millas por hora persiguiendo al supermultigenocida en serie y acabo de cagarme en los pantalones! Perdone por no tener el Pantone a mano pero tome nota, si es tan amable: El coche de los cojones es JODIDAMENTE MARRÓN. ¿Lo tiene?
- Está bien, Elgar. Tampoco hay que ponerse así. - dijo el sargento cortando la comunicación. - Creo que pondré marrón caca.
- Agárrate. - dijo Hosch. - Vamos a dar un rodeo.
Doblaron por Rodeo Drive a toda velocidad, enfilaron Sunset Boulevard y sus puestos de salchichas y la persecución se volvió especialmente peligrosa en las curvas de Mulholland Drive cuando Perry se empeñó en echar más ketchup en su perrito caliente. - Joder, tío, era mi traje nuevo. - Para cuando llegaron a Hollywood Boulevard, Perry ya había vomitado en el salpicadero y los coches invadían las aceras repletas de ancianas con carritos de supermercado y los turistas maldecían algo gracioso cada uno en su idioma.
- Oh, tío. Creo que me he vuelto a cagar.
Los dos vehículos se saltaron todos los semáforos de Melrose Place y entraron derrapando en Beverly Hills.
Era ya evidente, incluso para el espectador medio, que el supermultigenocida en serie y Hosch pertenecían a dos escuelas de conducción diametralmente opuestas: La del GTA del supermultigenocida en serie y su total desprecio por la vida humana, y la escuela sin nombre pero más técnica adquirida en los autos de choque de Kabul y Saigón que, durante sus permisos en la guerra del Vietnam y Afganistán, Hosch tanto había frecuentado.
Como accionado por un resorte interno Hosch dio un volantazo experto y el Pontiac Ford Trans Am realizó un giro en J conocido como vuelta bandolera o maniobra del contrabandista y continuó la persecución a toda velocidad circulando por el Sunset Strip marcha atrás.
Perry Elgar hizo un gesto como de: "Qué coño, ¿y esto?"
May Lai, su novia en Vietnam. Ella y él en los autos de choque. Hosch diciendo NOOOO a cámara lenta. May Lai mirándole frente a la embajada norteamericana momentos antes de hacer estallar su cinturón explosivo.
Hosch se recuperó justo a tiempo de su flashback de trastorno de estrés postraumático y enderezó el coche.
- Joder, Barry, bienvenido. Es bueno tenerte aquí de vuelta.
Habían dejado atrás Venice Beach y se encontraban en el lecho de cemento del canal del río Los Ángeles.
- Sé a dónde se dirige. - dijo Hosch.
- ¿Qué? - preguntó Perry Elgar, que volvía a ir hecho un pincel y daba los últimos retoques a su traje tras el proceso en el que era un experto de lavado en seco.
- Que sé a dónde se dirige el supermultigenocida en serie. - repitió Hosch. - Va hacia las colinas de Hollywood. Quiere hacer el salto de la O.
- El salto de la... Oh, tío... ¿El salto de la O?
El salto de la O, man. Poca gente lo sabía aunque Hosch lo había hecho ya en dos o tres ocasiones, y es que tras el letrero de Hollywood había un túnel acabado en rampa que especialistas e indeseables usaban con sus vehículos para saltar por el hueco de la "O".
Sería pura rutina otra vez de no ser por el anagramista en serie. ¿Qué pasaba si ibas a saltar y en vez del hueco de la "O" te encontrabas con una "L" o con una i griega? Y, desde luego, a mí que no me jodan, pero ir a hacer el salto de la "O" y encontrarte una "H" o una "W" además de una putada era una muerte segura.
- ¿Qué ponía el cartel?
- ¿Qué?
- Que qué ponía el cartel. Hoy.
- Sujétate el búho.
- ¿Sujétate el búho?
- Sujétate el búho.
- Una polla ponía eso. - dijo Hosch. - Ponía "Qué pasa, Lolo".
- ¿Qué pasa, Lolo?
- Qué pasa, Lolo.
- Nah, ni de coña. Olvídalo. Menuda chorrada.
Los dos Ford se metieron por la entrada secreta del túnel.
Una vez tomaran la curva ciega a doscientos cincuenta millas por hora tendrían milésimas de segundo para ver qué letras les habían tocado, tiempo insuficiente para reaccionar, y sobre todo para hacer reaccionar al coche, salvo para las manos más conductoramente expertas.
Perry Elgar y Barry Hosch se gritaban a pleno pulmón:
- SUJÉTATE EL BÚHO!!!!
- QUÉ PASA, LOLO!!!!
Los coches saltaron. El Ford Citroen del supermultigenocida chocó con la letra W, dio tres vueltas de campana y explotó en el aire, escupiendo ladera abajo a su conductor, que fue a dar contra el pavimento.
En cambio, el Ford Camaro de Barry Hosch realizó un salto de la O limpio, de campeonato. El letrero ponía HOWDYLOLO, y mientras el coche surcaba el aire a cámara lenta podía oírse el eco de Hosch diciendo LOLOLOLOLO
El detective de la policía de Los Angeles Barry Hosch y su compañero Perry Elgar, armados con un subfusil táctico y una escopeta respectivamente, proyectaban de pie la implacable sombra de la justicia sobre su aún de facto teniente, el tumbado, caído, malherido y derrotado Jossie Gaylords, a la postre el supermultigenocida en serie.
Había llegado la hora de darle a la sin hueso, no precisamente la parte favorita de Hosch, así que fue directo al grano:
- La pregunta es: ¿Por qué?
- La infradotación. Queríamos más fondos para el Departamento. Hacer de esta historia algo grande y bien chévere, cualquier cosa en lugar de esta mierda.
La infradotación, Hosch asintió: El cáncer del departamento.
Poco más había que decir.
- Esperad, ¿qué hacéis? Llamad a una ambulancia, joder: ¡Soy un negrata bujarra! No podéis matarme, ¡os acusarán de homófobos!
- ¿Sabe, ex teniente? Ahora es cuando usted comprueba una cosa: Lo mucho que me la suda.
Hosch tiró el cigarrillo a un lado, recargó su arma, y él y Perry Elgar procedieron a acribillar a conciencia al teniente / supermultigenocida en serie, una bala por cada víctima.
Esto se prolongó durante un cuarto de hora, a una cadencia de mil balas por minuto.
Cuando la puerta se abrió a sus espaldas, la forense gótica sexy, Sharon Susan von Weiner se encontraba en la sala 26 del tanatorio del centro de la ciudad, frente a la bandeja de acero inoxidable que contenía los restos del teniente supermultigenocida en serie, una informe masa de pulpa burbujeante.
- ¿Eres tú, Hosch?
Hosch asintió: Era Hosch. Pero como la forense gótica sexy no se volvió, añadió:
- Sí, eh... Soy yo. Hosch.
- Enhorabuena por cerrar el caso, supongo que has venido a reclamar tu premio.
Sin darle tiempo a responder, la forense gótica sexy se desabotonó la bata y la dejó caer al suelo, quedándose completamente desnuda porque sí y no por exigencias del guión ni nada la tía guarra. Luego se dio la vuelta.
- Alto ahí, Sharon digo, Susan.
- ¿Qué pasa, Hosch? ¿Es que ya no quieres foiar?
- Déjate de chuminadas, Sharon Susan. Vengo del puerto: He estado atando cabos y sé lo que tú y el teniente os traíais entre manos. También sé que en verdad te llamas Susan Sharon.
- Susan, Sharon... ¿Qué más da si nunca te acuerdas de mi nombre, Hosch? Míranos, dos casos atrás estábamos en esta misma sala y tú aquí amorrado al pilón. Has cambiado, Hosch: Te has hecho un gay.
- No es eso. Es que he conocido a alguien que se preocupa por mí y que me hace de pornochacha.
- Ah, ¿sí? Pues mira qué bien. - dijo la forense gótica sexy despechada. Y luego ya en plano medio: - Yo siempre seré tu primera pornochacha.
- Técnicamente fuiste la quinta, y además no muy buena. Lo de foiar se te da bien, Susan o Sharon, pero lo de fregar ya no tanto. Y yo necesito el paquete completo, ¿comprendes? Si no, la fantasía se desmorona. ¿Que no quieres jugar a mi fantasía sexual? Perfecto, ¡no lo hagas! Pero si te comprometes, te comprometes, Sharon. O Susan. Y te recuerdo que cuando tocó hacer tu fantasía, yo dije que sí y aún me duele.
- Ah, muy bien, Barry Hosch, qué duro eres... Y qué valiente, cantándole las cuarenta a una mujer desnuda e inocente que chorrea literalmente por ti. Disfruta de este rapapolvo porque es el único polvo que me vas a echar.
La forense gótica sexy cogía la bata para cubrirse cuando entraron los compañeros de Hosch de la brigada de las FEAS para llevársela completamente desnuda así como estaba y todos los desnudos justificados por el guión.
- Una cosa más, Susan...
- Sharon.
- Puedes engañar a todas las personas una parte del tiempo y a algunas personas todo el tiempo, pero no puedes engañar a Barry Hosch ni por un segundo.
La escena había quedado de puta madre, con su pathos y eso, ¿no les parece?
- Este es el invierno de nuestro descontento, - añadió el extra viejo de pasada - y Bruto es un hombre honrado.
De las quince mil víctimas, al final sólo había una de verdad, un hippy de mierd*** que habían atropellado durante la persecución aquel día, que lo más seguro es que se recuperara. Todos los demás cadáveres no eran más que casquería. Había sido todo una engañifa, una estafa, una farsa. Como un multigenocidio Potemkin, lo que se dice una puta mentira.
Y aunque todo había sido una confabulación y una farsa perfectamente orquestada, como caso era de lo mejor de Barry Hosch últimamente, aunque está mal que yo lo diga.
El nivel de detectiveo había sido ciertamente notable y ofrecía suficiente carnaza, como la vez que Hosch detuvo a la ladrona de guante blanco cogiéndola in fraganti en la tienda de guantes.
El primer caso nunca se olvida.
Barry Hosch y Perry Elgar estaban de celebración en un bar todo borrachos de puta madre: Por resolver el caso del supermultigenocida en serie y ayudarle a ganar las elecciones el alcalde les había dado 1,000,000 de U.S. $ a cada uno.
Y, aunque por supuesto, aún tenían que dar muchas explicaciones a los de Asuntos Internos de Asuntos Internos de Asuntos Internos por el asesinato a sangre fría de un superior directo, de momento el Sargento había dado la cara por ellos y no creían que la cosa fuera a mayores.
Lo habían dado todo en la pista de baile junto a unas gachís, pero ahora el local estaba cerrando y apuraban la penúltima copa apoyados sobre la barra, Elgar con la corbata aún anudada a la cabeza, mientras en la televisión de la esquinilla del bar volvían a dar su noticia.
- Macho, es que lo estamos petando. - dijo Perry cambiando de canal. - En todas las cadenas hablan de las FEAS y sales tú diciendo: "He dicho que sin comentarios".
Hosch ni se inmutó, se mostraba ahora taciturno y bebía chupitos de John Daniels. Le habían llegado rumores de que el autor de sus relatos se estaba volviendo woke y planeaba sustituirle por una Mary Sue coñazo, todo el día quejándose de los hombres y que si estrógeno esto estrógeno lo otro.
- ¿Sabes, Hosch? Hay una cosa de la alt right que no pillo. El rollo malthusiano de que las élites quieren reducir la población mundial es 100% incompatible con que quieran reemplazarnos por población del tercer mundo que puede llegar a tener 18 hijos.
Hosch asintió, distraído. La política no le interesaba lo más mínimo.
En ese instante entró la Detectiva en el local, y al verla a Hosch se le removió algo dentro que ya nunca más volvería a estar en su sitio. Sabía que la había fastidiado con ella, y mucho.
- Barry, ¡Barry! Tienes que venir enseguida. Han encontrado muerto al hijo de Johnson Johnsons y han detenido a Kirk Haggerty, tu némesis en Asuntos Internos. Ha dicho que confesará, pero sólo lo hará contigo.
Afuera diluviaba, y la Detectiva estaba empapada en sudor y agua de lluvia.
- No la cagues ahora, hijo de puta. - se dijo Hosch a sí mismo.
No, no la cagues o verá lo desesperadamente enamorados que estamos de ella y se asustará. Porque en el fondo sabes, hijo de perra, que no mereces ser querido.
- Voy para allá. - dijo finalmente, apurando su copa.
En este mundo de incertidumbres, el detective Barry Hosch sabía de dos cosas seguras en esta vida: La primera, que amaba a la Detectiva con toda su alma y la segunda, que ella era la anagramista en serie, así que probablemente follarían y luego él tendría que dispararle.
Su nombre de verdad era Marlene Johansson, que era nombre de tía buena.
Pero eso daría para otra aventura. Otra aventura más del detective Barry Hosch.