Grandes relatos pulp de baratillo presenta...

Die Golemdämmerung

Die Golemdämmerung - El crepúsculo de los dioses gólems

"Entonces Yahvé el Señor modeló al hombre de arcilla del suelo,
y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente."

- Génesis 2:7

Era una noche de Sturm und Drang en el Protectorado de Bohemia y Moravia, y Hans y Fritz, soldados rasos del ejército alemán del Tercer Reich, se resguardaban de la tormenta bajo un destartalado balcón cerca del barrio judío de Praga.

Fumaban con sus carabinas Mauser colgadas al hombro, deseando que llegara el final de su ronda para irse a beber Schnaps y tal vez con suerte levantarse a unas Fräuleins, pero el aciago demiurgo que acecha siempre hasta al más común de los mortales no tenía reservados para ellos tan teutónicos placeres.

- Creo que he oído algo, Fritz.

- Scheiße, Hans, no me jodas. Tú siempre oyendo algos. Si quieres mojarte ves a mirar, anda. Yo te espero aquí.

- Jawohl, mein Kamerad.

- Si ves cualquier cosa, avisa. Condenado Hans.

Hans regresó al cabo de unos minutos. Estaba calado hasta los huesos y jadeaba tras haber corrido todo el camino de vuelta. Nada más recobrar el aliento, realizó una pregunta la mar de rara:

- Eh, Fritz. ¿Tú sabes algo del arte degenerado ese de los negros y los judíos?

Fue decir esto y los cielos se partieron en dos con una serie de rayos y relámpagos cegadores seguidos de un ensordecedor trueno.

- ¿Qué clase de pregunta es esa, Hans? ¿Arte degenerado, dices?

- Sí, ya sabes, el Entartete Kunst que nos decían antes de la guerra: El arte bolchevique diseñado para corromper la pureza de la raza alemana y todo eso... Te lo digo porque dos calles más abajo nos han dejado una pieza escultórica.

- ¿Qué? ¿De qué cojones me hablas, de una estatuilla? ¿De un retablo?

- Se trata de una obra de gran formato. Deberías venir a verla, Fritz. Para mí que es arte degenerado del gordo.

La lluvia había comenzado a remitir y en su lugar se levantaba una densa niebla. Hans y Fritz se dirigían al lugar alumbrando el camino con sus lámparas de queroseno, arrojando sombras ominosas sobre la entartete Architektur del vacío gueto de Praga mientras negociaban la marcha por sus estrechas callejuelas.

Acabaron en un cruce completamente desierto.

- ¿Y bien?

- Joder, estaba aquí, Fritz, te lo juro. Era una estatua enorme, vagamente antropoide. Tendrías que... Espera, mira, ¡ahí está! - señaló Hans a sus espaldas.

- Gott im Himmel! - exclamó Fritz al volverse. - Tenías razón, Hans: ¡Qué monstruosidad, qué horror, qué despropósito estético! Si el Dr. Joseph Goebbels pudiera ver esto seguro que le daba un patatús.

Der Golem

Era una figura tan imponente como malformada, de rasgos torpemente cincelados. Debía medir unos cuatro metros de altura y su expresión era claramente la de un anormal. Pero, a pesar de su pobre ejecución, la obra en su conjunto no estaba exenta de pathos, como si aquella cosa grotesca pudiera verse a sí misma y se preguntara: ¿Quién me creó así y por qué, por qué cojones me hizo tan feo? ¿POR QUÉ?

- Parece como expresionista o impresionista o algo, ¿no crees, Fritz?

- No sabría decirte, Hans. Yo de arte no tengo ni idea pero que es modernista y eso a mí me lo parece un rato... Mein Gott, fíjate qué técnica tan burda. Es patético.

- ¿Y qué me dices de su tamaño? Debe pesar como toneladas o así. Es imposible que un artista local, por muy degenerado que esté, pueda hacer esto solo.

- ¿Tal vez un colectivo de artistas degenerados?

Fritz se acercó para comprobar los materiales empleados y examinar el uso de las texturas cuando - oh Schadenfreude, der Zeitgeist und die Weltanschauung! - ¿podrán creerme si les digo que la estatua, por sí misma y por su propia iniciativa, se comenzó a mover, toda sola?

Der Golem

- ¡Esa cosa está viva, Fritz! ¡Agáchate! Achtung! Achtung!

Fritz se zafó del brutal y repentino abrazo de la criatura dando un salto de medio lado del todo indescriptible en 1943 - fue un poco así como de Chiquito de la Calzada - y, apartándose todavía más, le gritó a su compañero und Kamerad:

- Verdammt, Hans, ¡dispárale! ¡Dispara! ¡Cose a tiros a esta mierda!

Hans abrió fuego contra la muestra de arte degenerado itinerante, una, dos, tres, cinco veces, accionando la manija del cerrojo tras cada disparo hasta vaciar de balas el depósito de su Mauser Karabiner 98 Kurz.

Mas aquel ente o lo que fuera aquello, lejos de detenerse, continuaba avanzando hacia ellos, imperturbable. Era desde luego para echar a correr, y Fritz y Hans así lo hicieron, como alma que lleva el diablo.

- Schnell! Schnell! ¡Rápido! ¡Rápido! - gritaba Hans.

- Los! Los! ¡Vamos! ¡Vamos! - iba detrás Fritz.

El sonido de sus botas retumbaba sobre los adoquines. Cuando por fin se atrevieron a volver la vista atrás, aquello seguía persiguiéndoles dando grandes zancadas, pero, seamos francos, tampoco es que esa cosa fuera a ganarles en una prueba de velocidad o algo, por lo que rebajaron el paso y caminaron más lentamente, intentando recuperar el aliento.

- ¿Sabes qué, Fritz? Creo que eso no era ningún tipo de arte vanguardista y sí en cambio un gólem.

- ¿Un qué?

- Un gólem. Una talla animada que defendía a los judíos durante los pogromos o algo. Se trata de una leyenda medieval sionista o así. Verás, hubo una vez en la Edad Media un rabino que se hartó de que a los judíos les estuvieran siempre pisando los huevos, por lo que creó con sus propias manos una gran estatua de arcilla para que cumpliera sus órdenes e hiciera siempre su voluntad.

- O sea, como un artista degenerado.

- Exacto. Y ahora viene lo más jodido: del mismo modo que Dios creó a Adán a partir de un puñado de tierra al que insufló un soplo de vida, así creó el rabino al gólem, sólo que él se valió de una suerte de vudú hebreo o maldición judaica o algún tipo de magia negra kosher, ¿entiendes?

Fritz entendía a la perfección, y no se le escapaban las graves implicaciones que para el Tercer Reich podía tener todo aquello:

- Tío, pues si esa cosa defiende a los judíos, estamos jodidos.

Llegaron por fin donde habían dejado aparcada su BMW R75 y, como es natural, comenzaron a reñir por ver quién iría en la moto y quién en el sidecar. Os contaré un secreto de la Segunda Guerra Mundial: Nadie, nadie en su sano juicio en todos los ejércitos del Eje quería ser nunca el gilipollas que iba en el sidecar, sobre todo si podía elegir ser el que iba en la moto o ir en autobús o simplemente andando.

Y no es sólo que la mierda del sidecar te hiciera polvo la rabadilla, o la escasa por no decir nula seguridad en caso de accidente. Era sobre todo por lo ridículo de ir sentado tan bajo, con esa mierda de suspensión que te hacía sacudir la cabeza como si fueras un enano con el cuello hecho de muelle. Joder, ser el gili del sidecar era la hostia de degradante. Como te viera una Fräulein cachonda metido en una cosa así ya podías despedirte de follar por lo menos en siete meses.

Hans y Fritz estaban jugándose a los chinos quién iría en la moto y quién en el sidecar - ya iban por la semifinal al mejor de tres -, cuando un trozo de pared arrancada de vete tú a saber qué cayó cerca de donde estaban.

- Der Golem! - gritaron al unísono, junto a una explosión de ladrillos.

Fritz, el más maduro con diferencia de los dos, acabó transigiendo: vale, vale, ya iría él en el puto sidecar, joder, y eso que en verdad no le tocaba.

Hans intentaba ahora arrancar la motocicleta, que mucho BMW y tal pero la cabrona no había forma de ponerla en marcha, seguramente por culpa del cárter o el cable del encendido que estaría kaputt. Desesperado, se volvió a su compañero.

- Rápido, avisa al cuartel y diles que Achtung o algo.

- ¿Y qué cojones te crees que estoy haciendo? - dijo Fritz sujetando las dos partes del telefonillo con las manos. - Hallo? Hallo? Der Kaserne? Hallo?

El gólem se les echaba encima y no había tiempo que perder.

- Los, los, venga, enciéndete, schnell, schnell!

La mole mongoloide del gólem se encontraba ya sobre ellos y alzaba sus puños para molerlos a golpes, y Hans gritó, volcando sin querer la lámpara de queroseno que se fue a romper justo dentro del sidecar, y Fritz estaba como: ¿Qué? ¿En serio?, y ahora los dos se retorcían entre las llamas, y aquel monstruoso y misterioso ser los contemplaba arder, quieto como una estatua.

- Aaargh, tío, Goebbels tenía razón: El arte degenerado... es una mierd...

--- XXX ---

"¡Mirad, yo os enseño el superhombre!"

- Así habló Zaratustra, Friedrich Nietzsche

El mayor Werner Schmidt se sentía profundamente irritado y no hacía ningún esfuerzo por ocultarlo: Era la tercera noche consecutiva de tormenta y la condenada meteorología no tenía visos de mejorar, y mucho menos de ir a concederle un respiro.

Aguardaba en el aeródromo, a pie de pista, resguardándose de la torrencial lluvia bajo su paraguas de las Juventudes Hitlerianas, mientras comprobaba la hora en su reloj de pulsera de Micky Maus: Eran ya casi las 18 horas y 18 minutos - la hora secreta de Adolf Hitler - y allí no había tenido los arrestos de presentarse nadie todavía.

El Mayor acababa de recibir órdenes directas de Berlín de aguardar en ese punto a un alto oficial de las SS en respuesta a los extraños ataques a sus tropas de los últimos días. Sin duda le enviaban a uno de esos fanáticos que se pondría de inmediato a diezmar a la población. Schmidt gruñó sólo de pensarlo: lo último que necesitaban en el Protektorat era otra maldita insurrección.

Su situación era cada vez más insostenible y la idea de llevarle en avión hasta el frente oriental y tirarle en pelotas sobre Stalingrado se le había dejado caer ya, sútilmente, en un par de despachos.

Schmidt se ajustó el monóculo y volvió a mirar la hora en su reloj de Micky Maus - eran justo las 18:18 menos 18 segundos - cuando, al fin, un aeroplano apareció en el horizonte.

- Donner und Blitzen! - exclamó Herr Major.

Aquel piloto debía ser un loco suicida para volar de noche con un tiempo así. Había vientos racheados de cuarenta nudos y los rayos caían a escasos metros del avión, levantando resplandores fantasmales sobre el fuselaje.

Era un caza Messerschmitt Bf 109 negro como la muerte, como una visión del Valhalla, y atravesaba el mismísimo Ragnarök sobre los cielos checos mientras sonaba la Marcha fúnebre de Sigfrido de la Götterdämmerung de Wagner.

Si uno se fijaba bien podía ver valquirias volando junto al aparato, rompiendo por turno la formación para ir hasta el piloto y enseñarle las tetas.

El Messerschmitt Bf 109 desplegó el tren de aterrizaje y tomó tierra con despreocupada majestuosidad y elegancia, y de su cabina descendió el legendario Friedrich von Ritter, Oberstleutnant del Ejército Alemán y de la Luftwaffe y Obersturmbannführer de las SS en excedencia.

Apolíneo e impasible, como un guerrero poeta, el barón von Ritter fumaba con aire displicente un cigarrillo de la marca JUNO que sostenía entre sus dedos corazón y anular, y bebía de una botella de vodka robada a unos partisanos minutos antes durante una escala no programada de vuelo.

Oficial de las SS

Vestía un avance del uniforme de las SS de Hugo Boss de la próxima temporada y llevaba la gorra de plato ligeramente de lado pues, aunque era caballero de las SS y miembro de la Ahnenerbe y pertenecía a los círculos de confianza de Adolf Hitler, Heinrich Himmler, Hermann Göring y Joseph Goebbels, él era más bien del ala progre de todos ellos.

Y, habiéndose unido recientemente a la Abwehr del almirante Wilhelm Canaris, uno no sabría decir en realidad para quién trabajaba.

Como siempre, colgadas al cuello, sus tres Cruces de Hierro, las tres mejores que había: la Gran Cruz de la Cruz de Hierro, la Cruz de Caballero con Hojas de Roble en Oro, Espadas, Diamantes y Krakens, y la Cruz de Hierro hecha con el auténtico oro del Rin.

Cabe decir que von Ritter pilotaba su propio Messerschmitt Bf 109 seis meses antes de que comenzara a hacerlo Heydrich y que además de piloto de pruebas e ingeniero de las Wunderwaffen, tenía tres doctorados en Filosofía sobre Kant, Fichte y Hegel, y llevaba consigo, siempre cargadas y listas para disparar, una pistola Luger, una Walther P38 y una Walther PPK.

Cuando no se desplazaba a las instalaciones secretas de Peenemünde para platicar con Wernher von Braun sobre ingeniería aeronáutica y el futuro de los motores a propulsión, o no estaba batiéndose con Otto Skorzeny en duelos de esgrima a primera sangre sobre las almenas de algún castillo de Luis II de Baviera, von Ritter gustaba de viajar por todo el mundo arreglando las cagadas militares de Hitler, cosa que últimamente le tenía ocupado la mayor parte del tiempo.

El barón Friedrich von Ritter era, en definitiva, la culminación del delirio ario: el superhombre, el Übermensch en persona. En consecuencia, era todo arrogancia, y lo que de él pudiera pensar cualquiera de ustedes, honestamente, como que le importaba un carajo.

Detrás de él llegaron dos aviones más, pilotados por algunos de sus mejores aliados.

Oficial de las SS

Bushido Banzai

Oficial de las SS

George Orwell

Uno era un Zero plateado y brillante del que se bajó un oficial de la Armada Imperial Japonesa con una katana a la espalda y una banda del sol naciente atada a la frente. Serio, inmortal, circunspecto: Su nombre era Bushido Banzai, el samurai de los cielos - un veterano kamikaze sobre el que pesaba una terrible maldición sintoísta.

El otro avión era un Spitfire del año de la catapún, un cacharro que perdía fluido hidráulico y que su piloto consiguió hacer aterrizar de milagro casi de una pieza. Era un inglés desgarbado y larguirucho clavadito a George Orwell, aunque todos le conocíamos como Tommy Engländer.

Tommy iba siempre con su uniforme caqui de pantaloncillo corto de rata del desierto en recuerdo de un día que se hundía con su tan querido tanque Matilda en unas arenas movedizas cerca de El Alamein y, aunque eran enemigos, el barón von Ritter fue con un palo y le salvó la vida.

Desde ese día Tommy Engländer lo dejó todo para seguir al Barón por el mundo y servirle durante sus muchas aventuras, sin importar a cuántos compatriotas tuviera que matar para ello, pues así son las costumbres de estos pobres ingleses salvajes, que no conocen más ley que la de servir como esclavos a quienes les salvan la vida.

- Ha ha ha ha! - se reía en alemán von Ritter, tal que un dios victorioso. - Meine Kameraden! Juntos somos invencibles.

- ¡Barón von Ritter, barón von Ritter! - El mayor Schmidt corría hacia ellos, saltando como una colegiala. - No sabía que venían ustedes, sin duda estoy salvado, ¡esta noche dormiré a pierna suelta!

- Mayor Schmidt, viejo canalla gordinflón... ¿Sigue teniendo ese reloj de Micky Maus, el ratón amerikaner? Mein Gott, Schmidt, deberían fusilarle sólo por eso.

- ¿Por qué dice eso del señor Micky? Él no es como ese cabrón del Pato Donald, que le tira tomate a la cara del Führer, Micky es un buen señor ratón.

- Mein Freund, es usted oficial del Ejército Alemán. ¿No cree que ya va siendo hora de lucir algo más acorde a su rango y edad? Algo menos de bebés, como esto, tal vez...?

El Barón estiró el brazo mostrándole su reloj a Herr Schmidt, y este se lo flipó, porque era un reloj de Pinocho, y también tenía a Gepeto y oh, ¡oh! - aquí Schmidt se sorprendió tanto que el monóculo se le saltó del ojo con un sonido de champán descorchándose - el señor Pepito Grillo también, ¡y Herr Pepito era su favorito!

Pinocho

Y cuando von Ritter le hizo entrega de aquel tesoro - ¿Cómo? ¿Para mí? - eso a Schmidt ya le pareció demasié. Se secó la lagrimilla de la emoción, hizo entrechocar los talones de sus botas y abrazándose al Barón, dijo:

- Considéreme su más fiel servidor hasta el fin de mis días.

Joder, sí, amigos. Ese era el efecto que tenía von Ritter en las personas. El cabrón era tan ario, emanaba tanta arianidad el tío, que la gente a su alrededor sólo por estar cerca de él se volvía un 25% más aria.

- Y ahora que el señor Pinocho y usted han sido debidamente presentados, Mayor, necesitaré que busque alojamiento para mis hombres y que encuentre a una persona: Judith Goldstein, es mi... secretaria. Y quiero todos los libros sobre el Gólem que pueda conseguir.

- Ein... golem? Por supuesto, así se hará. Por usted lo que sea, Herr Barón.

Von Ritter se tomó entonces un bote entero de metanfetaminas Pervitin - llevaba 38 días sin dormir - y alzando un puño desafiante a los cielos, exclamó:

- ¡Yo, el barón Friedrich von Ritter, juro que acabaré con el Gólem, aunque sea lo último que haga! - y diciendo esto, tremendos relámpagos crujieron dentro de las nubes gigantes, retorciéndose y agitándose como ciempiés eléctricos.

Y entonces, ya sí que sí, intercambiaron todos saludos romanos, Heil Hitlers, reverencias, salvas de Sieg Heils y demás bailes regionales, y cada uno se fue por su lado.

--- XXX ---

Llamaron en mitad de la noche, con firmeza, urgentemente.

Una mujer de treinta y algo años abrió la puerta y se asomó a la calle, los ojos muy vivos, el cabello negro enmarañado.

- ¿Sí?

Afuera, la luz de las Straßenlaternen iluminaba la silueta de un oficial de las SS.

- ¿Tienen ustedes alguna Juden aquí?

Judith Goldstein cogió al barón von Ritter de la pechera y tiró de él para adentro.

- Anda, deja de hacer el gilipollas y pasa.

El Barón y la señorita Goldstein se encontraban ahora en la cama, tapados casualmente con una gran manta suelta a pesar de que con la chimenea encendida no hacía frío en la estancia.

Von Ritter fumaba y leía un libro con su monóculo de bolsillo, mientras Judith apoyaba la cabeza en su pecho, intentando escuchar sus latidos, para ver si su Friedrich tenía corazón. De vez en cuando le robaba el cigarrillo para darle una calada o, peor aún, le quitaba el monóculo e intentaba sostenerlo en el ojo, poniendo unas caras tan raras como adorables que el Barón no se cansaba de mirar.

Habían pasado muchas cosas desde su último encuentro y Dios sabe que tenían que ponerse al día, por lo que el Barón se saltó varias páginas del libro - una edición de El Gólem de Gustav Meyrink - y se fue directo al final.

- ¿Qué estás buscando?

- Quiero saber cómo acabar con el Gólem.

- Deja, ahí no lo encontrarás.- dijo ella riendo. - Mejor te lo explico yo.

Von Ritter apartó el libro y se acomodó, encantado.

- Pero antes, debo advertirle, mi querido baroncito: se enfrenta usted a las fuerzas mismas de la creación.

- Bien... Puede proceder, doctora Frankenstein.

- Verás, el Gólem debería tener una inscripción aquí, "Emet", "Vida" en hebreo. - Judith escribió con una caricia una serie de caracteres en la frente del Barón. - ¿Lo ves? Te acabo de convertir en mi gólem. Ahora me tienes que obedecer y hacer siempre lo que yo te diga.

- ¿Y cómo puedo destruirle? ¿Quito la inscripción y ya?

- Pues..., en algunas versiones de la leyenda basta con borrar la primera letra de su frente, tal que así, y donde antes ponía "Emet" pondrá entonces "Met", que significa "Muerte", y con eso el Gólem se derrumbará.

Judith le borró de la frente aquella palabra escrita en su imaginación y se hundió luego en un profundo silencio.

Judith

- Eh... - dijo él, apartándole el pelo del rostro.

- Eh... - respondió ella.

Se puso encima de Friedrich y se quitó el camisón - Judith con la cabeza de Holofernes. Judith desnuda pintada por Franz Stuck -. En la radio sonaba el sostenuto de la Hammerklavier de Beethoven y hacían el amor, y ella le susurraba al oído:

- Agárrame fuerte del culo.

Y aaah, tío... Era como para perder la cabeza, Judith, Judith, joder, Judith...

--- XXX ---

Hacía un soleado día primaveral entre las ruinas humeantes del centro histórico de la ciudad de Praga y la batalla contra el Gólem continuaba.

Llevaban toda la mañana dale que te pego y el barón Friedrich von Ritter tenía que reconocerlo, aquel monstruo cabrón sabía cómo encajar un golpe.

Von Ritter se cubría tras uno de los pocos muros en pie que quedaban en la avenida, en medio de un hervidero de soldados y tropas de asalto yendo y viniendo por los escombros, mientras el Gólem los perseguía de aquí para allá, repartiendo estopa a diestro y siniestro.

El Barón llevaba el uniforme corto del Afrika Korps y recargaba un subfusil de asalto MP40 con esa casi pornográfica sucesión de sonidos de piezas metálicas encajando: chicka-claca clickt clachack y listo. Volviéndose hacia la criatura descargó sobre ella las treinta balas de su Maschinenpistole 40, en certeras ráfagas que levantaron pequeñas explosiones de 9mm por todo su cuerpo.

- ¡Tommy! - gritó von Ritter. - Tenemos que movernos. Hay que avanzar.

Al otro lado de la avenida, apoyado sobre los restos de una pared, Tommy Engländer disparaba su ametralladora ligera Thompson.

Avanzaron por estrechas calles laterales, sorteando los montones de heridos. Por todas partes había piernas y brazos rotos y otras muchas fracturas, además de luxaciones y esguinces, y contusiones y dislocaciones y, en fin, todo el tipo de lesiones que cabría esperar cuando uno se enfrenta a un gigante de granito aparentemente indestructible.

Hasta ahora habían conseguido contener el avance de aquella cosa y hacerla retroceder dos o tres manzanas, gracias en no poca medida al élan mostrado por las tropas del mayor Schmidt, que seguía enviándoles refuerzos, pero cuánto más podrían resistir, eso nadie lo sabía.

Von Ritter se encendió un cigarrillo y revisó la última arma que se había agenciado, un fusil de paracaidista FG 42 con mira telescópica ZF4 de la marca Zeiss.

Ajustó el visor y apuntó al Gólem, observándolo detenidamente. Este se encaraba ahora a un grupo de perros pastor alemán mientras un Sturmtruppen a su espalda le arrojaba fuego con un lanzallamas.

- Eh, Tommy... ¿Has visto alguna inscripción en el monstruo, como algo escrito con runas o letras o así?

- Holy Moley! ¡Pues vaya un momento para ponerse a leer!

- Oh, Gott verdammt. - maldijo el Barón: el Gólem le había arrancado la cabeza al soldado del Flammenwerfer 41 y el cuerpo decapitado de éste, caminando a sacudidas, accionaba el lanzallamas, chorreando de fuego a los chuchos del Tercer Reich.

Von Ritter disparó a la criatura con el FG 42 en modo semiautomático. POW POW POW POW, cuatro balas en la frente. POW POW POW POW POW POW POW POW, ocho en el pecho. POW POW x4, dos en cada extremidad. Click click, cargador vacío. Chika-clacka, recarga.

El sonido de aquel arma era acojonante. A la mierda el semiauto, el Barón pasó el FG 42 a automático y comenzó a ametrallar al Gólem a unos veinte metros de distancia. POW­POW­POW­POW­POW POW­POW­POW­POW­POW.

Por toda respuesta el monstruo se volvió a la izquierda y, de un manotazo brutal, tumbó un torreón con seis siglos de historia, así en plan: hala, pues que os jodan.

- Tío, pero ¿qué...?

La torre medieval se desplomó sobre ellos y por poco no fueron arrollados por el alud de rocas y piedras resultante.

- Recuérdamelo otra vez, Barón: - gritó Tommy Engländer, sujetándose sobre la cabeza el casco inglés de plato. - ¿De qué dijiste que estaba hecho ese monstruo?

POWPOWPOWPOWPOW, disparó von Ritter.

- No lo sé, Tommy. ¿De qué se supone que hizo Dios al primer hombre? ¿De arcilla? - Chika-clacka. POW­POW­POW­POW­POW.

- ¿De arcilla? No me jodas arcilla. "Arcilla" dice. ¿Y qué es? ¿Arcilla antibalas? - Tommy Engländer se sumó al tiroteo. - Ahora resulta que nos está dando una paliza una pieza de cerámica. ¡Necesitamos munición pesada!

La pelea de puta madre (recreación)

EOH, ERA UN POCO TAL QUE ASÍ

En respuesta a las plegarias del Engländer, pudieron oír la sinuosa melodía de una marcha militar japonesa, el Arawashi no Uta, la Canción de las Águilas Feroces, justo cuando un caza Zero apareció en las alturas, planeando sobre sus cabezas.

- ¿Querías munición pesada, Tommy? Ese kamikaze cabrón desayuna portaviones. Vamos, muchachos, - ordenó von Ritter. - será mejor que se aparten todos. Dejen que Bushido Banzai haga su cosa.

Los pocos soldados que no estaban heridos o no habían sido evacuados se retiraron, mientras el Gólem miraba ese punto brillante en el cielo, como si fuera consciente de lo que se le venía encima.

Tommy Engländer se refugió en los bajos de un maltrecho edificio y el barón von Ritter escaló una montaña de escombros para no perderse detalle.

El Mitsubishi A6M Zero inició entonces su terrible descenso, cambiando altura por velocidad en una maniobra de picado suicida. Antes de que la aeronave pudiera despedazarse, el piloto tiró de la palanca de mando hacia atrás y el avión, subiendo el morro, se fue derecho a la criatura, haciendo un sonido como FUUUUUUUUUUUUU.

En la cabina Bushido Banzai gritaba: ¡Larga vida al Emperador! Banzai!! Banzaaai!!!

El Zero recorrió la avenida en vuelo rasante a más de 600 km/h pasando junto al Barón a cámara lenta, que pensó en cuán cojonudo no debía ser ese Emperador del Japón para inspirar en sus súbditos una devoción así.

- Nos vemos en Mönchengladbach. - saludó von Ritter.

Y la encarnación del Viento Divino se fundió con el Gólem de tierra en un rugiente mar de fuego.

La explosión fue tan violenta que se repitió tres veces desde diversos planos, e incluso hubo una cuarta deflagración no programada que hasta a mí me pilló por sorpresa.

- Fuck a duuuuuck! - gritaba Tommy, envuelto en cristales y llamaradas que lo arrasaban todo a través de los ventanales.

Afuera caían piedras y trocitos de ladrillos, y los oídos de todos hacían PIIIIIII. El barón Friedrich von Ritter se encendió un cigarrillo con un papel incendiado que cayó lloviendo del cielo, y cuando el humo se despejó pudo ver al Gólem tambalearse, devorado por las llamas, sí, pero todavía vivo, ¡vivo!

- Magnífico esprit de corps. Simplemente magnífico. - dijo von Ritter, admirando la voluntad de vivir de aquella cosa. Después, lanzándose al asalto con su Fallschirm­jäger­gewehr 42, gritó: - Ahora, Tommy, ¡dispara! ¡Es ahora o nunca!

Un grupo de zepelines sobrevolaba la zona cero retransmitiendo en directo la batalla contra el Gólem, y sobre uno de los dirigibles podía leerse la frase "El mundo es nuestro" desplazándose en marquesina.

DIE WELT IST UNSER

Joder, hasta en la más famosa residencia de los Alpes Bávaros, Eva Braun - que, como todos allí, seguía el combate por televisión - comentó lo guapo que salía el Barón, y eso a Hitler le sentó muy mal y le supo a cuerno quemado y le dio un ataque de cuernos¹.

- Stielhandgranate! - perseguido por el monstruo, von Ritter dejó caer una granada de palo y dobló corriendo la esquina.

El Gólem ardía empapado en gasolina de 92 octanos, y la detonación de seis onzas de TNT bajo su entrepierna sin duda no ayudó en nada a mejorar su día.

Click click click click... Tres granadas de fragmentación británica cayeron rodando a los pies de la criatura, y con una mano haciendo bocina Tommy Engländer le lanzó una pregunta retórica:

- Well... HOW DO YOU LIKE THEM APPLES?

Tanta explosión terminó de encabronar a aquel ser, que arrancó una balaustrada y la arrojó contra ellos. Luego despedazó un arco de estilo gótico tardío y hala, como que para ellos también. El hijoputa les tiraba todo tipo de elementos arquitectónicos.

POWPOWPOWPOW, hacía el rifle automático del Barón. RATATATATAT, la Tommy Gun de Tommy. Von Ritter cambió el cargador lateral de su FG 42: Chika-clacka.

- Dios, me follaría a este arma.

POWPOWPOWPOW, RATATATATAT. El monstruo se retorcía bajo el fuego asesino de las ametralladoras.

Sí, tío, sí. Aquello era la guerra total contra el Gólem, der totale Golemkrieg, la Golemdämmerung, el acabose, el sanseacabó y ya. Le habían dado a ese bicho con morteros, MG 42, Stukas, perros, lanzallamas y hasta un kamikaze, y se habían divertido, pero todo en esta vida tiene un final.

KA-POW! Un proyectil de 88 mm. explotó a los pies del gigante. KA-POW! Toma, ahí va otro. Las orugas del blindado avanzaron por el puente sobre el río Moldava, colapsando la estructura de piedra a su paso. Un tanque Tiger de color Feldgrau oscuro entró rugiendo por la avenida. - Because yeah! - gritó el Tommy.

Panzer Tiger

Era un Panzer VI, una mala bestia, una bestia parda, una bestia brutal. 58 toneladas de acero del Ruhr dirigiéndose hacia ellos a 45 km/h. Su cañón Krupp disparaba: KA-POW! KA-POW!, y sus ametralladoras MG 34 hacían BRAKA BRAKA.

El Gólem contempló impávido la llegada de aquel nuevo adversario. Se le había derretido parte de la cara, y su cuerpo, que había dejado de arder, expulsaba ahora un humo denso y negro que se dispersaba con el viento en dirección oeste.

Tommy, que vigilaba atentamente al monstruo, gritó:

- Eh, ¡Barón! ¿No crees que ese bicho se está haciendo más grande? - Pero no, era sólo que Tommy se había echado cuerpo a tierra.

Los 700 caballos del Tiger volvieron a rugir, como si se alimentaran de carne humana. El tanque marchaba hacia la criatura, con sus orugas chirriando, haciendo temblar las ruinas de alrededor con el traqueteo de su arrolladora masa.

KA-POW! Un obús acertó al Gólem, que se tambaleó, el acero y el tungsteno del proyectil sublimándose en el interior de la herida.

Asomado a la escotilla de la cúpula del Tiger, el mayor Werner Schmidt saludó a von Ritter, mostrándole con orgullo sus dos relojes. Cantaba en bucle la primera estrofa del Panzerlied y pasó de largo sin detenerse, rumbo al enemigo.

- ♫ Es braust unser Panzer, Im Sturmwind dahin! ♫ ¡No le decepcionaré, Herr Barón! ¡Se lo prometo! ¡Heil Pinocho! ¡Heil Pepito! ♫ Ob's stürmt oder schneit, ob die Sonne uns lacht...

El Panzer se encontraba a veinte metros de la criatura. Metal contra tierra, bestia contra monstruo, Tiger contra Gólem. Diez metros ahora. La Blitzkrieg contra la Cábala. Cinco metros. Tres. ¡Dos! Y entonces ya, pues lo clásico: ¿Qué pasa cuando una fuerza imparable choca contra un objeto inamovible?

El primero en dar su brazo a torcer fue el cañón Krupp, con ese espantoso crujido del acero estrujándose. El posterior disparo del artillero - KA-PFFFT! - incendió el interior del tanque. Schmidt, en shock, seguía cantando: ♫ Bestaubt sind die Gesichter... ♫ Alguien de la tripulación lanzó un bote de humo y ya nadie pudo ver nada. ♫ Doch froh ist unser Sinn... ♫ Era evidente que intentar arrollar al Gólem había sido otra idea de mierda del Hitler.

El Barón y Tommy atravesaron corriendo la pantalla de humo. Podían oír al Mayor entre el estruendo del acero retorcido. - What the...? - exclamó el inglés, sujetándose el casco de plato.

El Panzer estaba panza arriba, despanzurrado, despedazado, el Tiger no era más que un minino. El coloso le había dado la vuelta y lo empujaba lejos por la avenida.

Dentro, el incendio crecía, entre fugas de combustible y munición explosiva. Schmidt estaba boca abajo, con el cuello un poco así y el brazo atrapado bajo la torreta, y gritaba porque el peso del Tiger y la fuerza del Gólem aplastaban sus dos pobres relojes, haciéndoselos carbonilla.

Pepito grillo

- ¡Señor Pinocho, no! ¡Señor Micky, Pepito! ¡Nein! ¡Nein! ¡Neeeeeein!

El tanque estalló y dio tres vueltas de campana. Después, el silencio. Schmidt estaba ahora más allá de la cúpula del Tiger.

- Será mejor que te vayas, Tommy. - el barón Friedrich von Ritter comprobó su FG 42, chika-clacka. - Esto se va a poner feo de cojones.

- Pero...

- ¡Haz lo que te digo, maldito Engländer!

El Gólem seguía jugando con los restos del tanque y von Ritter echó a andar hacia él, con el fusil de paracaidista al hombro.

Sonaba el Andante de la Opus 100 de Schubert y el piano acompañaba el paso del Barón. Dum dum dum da de dum dum dum. Von Ritter caminaba por bulevares de arcos derruidos, entre incendios y pilas de muertos, mientras la trémula voz del violonchelo envolvía el aire de fatalidad.

El Barón, la avenida, el Gólem, los zepelines sobrevolando la zona zero... Leni Riefenstahl capturaba en un gran plano general el espíritu del momento, mientras su director de segunda unidad, un adolescente llamado Stanley Kubrick, se adentraba por las ruinas cámara en ristre.

El chelo subía una décima y se arrojaba a las notas más graves, y Eva Braun sintió que su corazón henchido se le salía del pecho. Cientos, miles de mujeres del Tercer Reich se ponían en pie en ese instante frente a la imagen del Barón en pantalla y proclamaban al mundo: "¡Sí, yo le he amado!", para luego desmayarse, ante el asombro de sus maridos.

Aquello era tan espléndido, amigos, tan alto y elevado, que a partir de ahí la cosa sólo podía degenerar.

POW­POW­POW­POW­POW, comenzó a disparar von Ritter. El monstruo se volvió y avanzó hacia él, agitando los brazos como animado por Ray Harryhausen. DUM DUM, retumbaban los suelos. Dum dum dum da de dum, andaba también el Barón. Chika-clacka.

POW­POW­POW­POW­POW­POW­POW. Las balas trazadoras impactaban en la criatura y salían despedidas en todas direcciones, dejando tras de sí estelas de luz que dibujaban de rojo el atardecer del Gólem. Otros proyectiles agotaban su carga de magnesio, atrapados entre los surcos y grietas que recorrían como cicatrices el cuerpo de aquel ser que a la vez que enemigo era campo de batalla.

Dios... Qué no pocos arcanos de la Cábala y la alquimia impelían al... ¡Joder!

Sin darle tiempo a reaccionar, el monstruo arrancó el frontispicio de un edificio cercano y se lo arrojó. Bloques inmensos de cemento y hormigón armado explotaron en mil pedazos, arrasando con todo a su paso, a punto incluso de arrollar al Engländer - Whoopsie daisy! - mientras que a von Ritter, que estaba cubriéndose, le cayó en la cabeza un poco así como de arenilla.

- Puerco maldito... - masculló el Barón con el puño apretado.

DUM DUM DUM. Da de dum dum dum. POW­POW­POW­POW­POW­POW. El fusil de paracaidista despedía llamaradas por la boca del cañón, perfilando un paisaje de calamidad. POW­POW­POW­POW. Von Ritter empujó el selector de fuego hacia delante y disparó en semi: Aquello ya no era por diversión, ¡aquello era por Alemania! POW, POW, POW. Click click. Chicka... Se había quedado sin munición.

Von Ritter echó a un lado el rifle y, arrancando una especie de maza de las manos muertas de un soldado de la Wehrmacht, gritó:

Armas

- Panzerfaust!

KAFLUUUUUUUSHHH! El cohete salió disparado hacia el Gólem trazando espirales concéntricas que fueron a converger en el torso del monstruo, estallando en una nube de fuego y polvo. El ser se tambaleó, acusando el impacto, pero eso no iba a detenerle, ni al barón Friedrich von Ritter tampoco.

Tiró el lanzacohetes desechable al suelo y, sin dejar de andar hacia la criatura, desenfundó su pistola Luger: BLAM BLAM BLAM. BLAM BLAM BLAM. BLAM BLAM click click.

- Schweinhund! - exclamó von Ritter, tirándole el arma a la cara a aquella mierda de mini King Kong hebreo.

Sacó su Walther P38. El superhombre contra el Gólem, David contra Goliat. La gente en sus casas, los gerifaltes en su guarida del Berghof, todos se preguntaban qué tenía en mente el Barón. Nada en realidad, pues si - parafraseando al viejo von Moltke - ningún plan sobrevive al contacto con el enemigo, ¿para qué molestarse entonces? BLAM BLAM. BLAM BLAM. BLAM BLAM BLAM BLAM.

- Arschloch! - von Ritter le lanzó la P38 descargada al monstruo.

Desenfundó su Walther PPK. Tenía ya al coloso encima y estaba en manos del destino. BLAM BLAM BLAM. Las balas levantaban chispas en la piel de pedernal del Gólem. BLAM BLAM. El Barón und die Kreatur frente a frente. BLAM BLAM BLAM. Click, click.

- Sitzpinkler! - La pistola voló, dándole al Gólem en toda la boca, antes de caer descargada a sus pies.

Von Ritter extrajo entonces la última arma que le quedaba, su daga de las SS, forjada en las entrañas del castillo de Himmler en Wewelsburg, bajo sus sótanos y criptas más profundas, en una ceremonia de cánticos espeluznantes.

Brillaba en su mano de puro odio y maldad, emitiendo un resplandor tan perverso como irresistible, pues estaba escrito que una vez desenfundada aquella daga debía ser hendida.

Impasible, el Barón sonrió. Por la vida. Por la muerte.

En ese instante él era todos los guerreros que en el mundo han sido.

El duelo entre las ruinas medievales de la ciudad de Praga llegaba a su fin.

Todo comenzó a cámara lenta con una zancada aria no exenta de cierto marchamo prusiano que dio pie a un salto, apolíneo en la forma pero dionisíaco en el fondo, y que puso al barón Friedrich von Ritter en rumbo de colisión hacia el Gólem, trazando en el aire una parábola perfecta repleta de números áureos.

En la mano en alto del Barón el lema "Meine Ehre heißt Treue" grabado en la hoja de la daga de las Schutzstaffel brillaba como el puto anillo de Sauron golpeado por un relámpago de película de los años 80.

NOTA: Esta imagen es tan cojonuda que irá en el trailer y puede que en la portada de la peli.

NOTA 2: Y al fondo ardía un ábside románico sobre el que se había estrellado un Junkers Ju 87 Stuka.

El héroe, el monstruo. Arquetipos imperecederos que, tras enfrentarse y ser llevados hasta el extremo, se dirigían a toda velocidad para chocar por fin entre sí en una violenta explosión de brillante conclusión lógica.

Y, miren, miren: El acero nazi ya se estaba clavando en la piel de mantequilla del Gólem, prácticamente clavando, cuando... Ah, Scheiße!

- Jiminy Crickets!

Además de los exabruptos del Tommy Engländer y el clank clank clank de la daga del Barón claqueteando sobre los adoquines, durante unos instantes no se oyó nada en el mundo, nada salvo quizá un tenue y universal OH de sorpresa, seguido, ahí ya sí, de todo tipo de juramentos y maldiciones cuando en la más tarde llamada tarde de los cristales rotos a Alemania entera se le cayó la jarra de cerveza al suelo.

Y es que, el puto Gólem... El puto Gólem Gottverdammt... A esto, a esto es a lo que se refería el Dr. Joseph Goebbels cuando denunciaba el arte degenerado.

Aprovechando que el Barón saltaba a cámara lenta, aquel pérfido y taimado artefacto, despreciando todas las convenciones de la narrativa popular genuinamente germana, decidió - así, a su libre albedrío - mover su mano *a velocidad normal* y de esta forma, y sin demasiado esfuerzo, agarrar a nuestro héroe al vuelo, y ahora lo sujetaba, el Gólem sujetaba a von Ritter como si ya no fuera a soltarlo jamás.

- ¡Suéltame! - gritaba el Barón. - ¡Suéltame, cosa estúpida!

Total, que ahora eran el Gólem y el hombrecito.

Von Ritter no salía de su asombro: ¡Aquello no podía estar pasando! ¿El Tercer Reich derrotado por un monigote de barro? ¡Jamás! No mientras le quedara un hálito de vida.

Aunque apenas podía respirar y su brazo izquierdo estaba atrapado, golpeaba con el derecho la manaza del gigante que le alzaba al vilo.

- Que te digo que me sueltes! - gritaba el Barón pataleando. - Suéltameeeee!

¿Cómo describirles las tristes escenas que tenían lugar en los hogares alemanes en ese momento? Pues como una mierda.

Los padres de familia, sabedores de que era la hora final del Gran Reich Germánico, iban al gramófono a poner el Requiem Alemán de Brahms con los hijos agarrados a sus piernas, intentando detenerles. Las mujeres lloraban, los hombres de pelo en pecho lloraban, y todo lo que era el Volksgemeinschaft estaba muy mal muy mal.

También en el Berghof, ante el inesperado y francamente derrotista cariz que tomaban los acontecimientos, Hitler, como siempre que le disgustaba algo, se pasaba la lengua por su puente dental de nueve piezas.

No voy a ocultarles la gravedad de la situación, amigos. La cosa estaba tan jodida que aquí y allá la gente arrancaba espontáneamente a cantar el Lili Marleen.

Incluso el Barón se había resignado a morir.

- Mátame o suéltame, engendro. Acabemos con esto de una vez.

Se miraron el uno al otro. Von Ritter apenas podía sostenerle la mirada al monstruo, toda esa asimetría execrable.

Entonces, inopinadamente, el Gólem abrió la boca y bramó, bramó con un tono grave que hizo vibrar el mundo. Se suponía que debía sonar como la voz verdadera de Dios, pero era más bien como el berrido de un oso adulto en celo, algo así como:

- GAAAAAAAAAAAAAAAH!

Y von Ritter lo vio al abrir la boca el Gólem. Lo había visto, sí, ¡podía verlo! La inscripción, el talón de Aquiles, el lugar en la espalda de Sigfrido. El nombre secreto de Dios estaba ahí, en la garganta de aquel ser, en el sitio en el que ahora él mismo ahogaba un grito de dolor. ¡Ese, ese era el punto vulnerable de la criatura!

Forcejeando entre los dedos del monstruo con su brazo libre, y haciendo un esfuerzo sobresuperhumano, el Barón sacó de su cinto un Modelo 27 de Smith & Wesson con cachas de marfil, el mismo que en buena lid le ganara a George Patton unos días atrás en lo del paso de Kasserine, cuando los dos se ofuscaron tontamente en un órdago a la chica.²

Toda Alemania se vino arriba al ver el revólver en la mano de von Ritter, y las otras potencias del Eje, que seguían la señal internacional con traducción simultánea.

Eran de nuevo el Gólem contra el superhombre, y David contra Goliat, y esta vez David tenía una honda del calibre .357 Magnum.

- GAAAAAAAAAAAAAAAH!

Von Ritter no podía dejar de sonreír. Amartilló el revólver, que tampoco era necesario, pero quedaba guay, y cerrando un ojo apuntó al nombre secreto de Dios para volarle la tapa de los sesos o lo que usara para pensar aquel condenado artilugio del demonio.

- GAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH!

Sólo quedaba una cosa por hacer: Soltar la típica frase chula antes de cargarse al malo.

- Chufla, chufla, que como no te apartes tú...

El gatillo de la Smith & Weson se movió, apenas un milímetro separaba al Barón de la victoria. Las valquirias de las tetas ya ensillaban sus caballos alados.

Pero la voz le detuvo, - Para, Friedrich. Para. - y no era la voz del Gólem o la voz de Dios o alguna voz que él pudiera desobedecer.

- Para, Friedrich. Para, por favor.

- Judith, no, ¿qué haces aquí?

Las ruinas, los zeppelines, la humanidad entera contuvo el silencio.

Sólo Hitler en el Berghof parecía encantado:

- Ho ho ho! Esto ahora se pone bueno! A ver cómo sale de esto. - decía, retorciéndose los pelos del bigotillo. - No no, quiero ver cómo sale de esto.

Judith llevaba un camisón blanco de tirantes, y su cabello era negro como la primera noche del tiempo.

- Vas a conseguir que te maten, Friedrich.

- ¿Matarme? ¿A mí? Estaba a punto de volarle la cabeza al idiota y me dices que pare? No deberías estar aquí, esto no es seguro para ti.

- Eso ya no importa. Mirad lo que le habéis hecho a la ciudad...

Eran el Gólem, Judith y él, los tres en medio de una Praga devastada.

- GAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH!

- Friedrich, sabes que te quiero muchísimo, pero el Gólem lleva sujetándote qué, ¿15 minutos? Si quisiera matarte ya lo hubiera hecho, hace rato.

Los espectadores alemanes reaccionaron con un "Huuuuh" colectivo, al que segundos después se unieron italianos, franceses, japoneses y americanos. Aquellas palabras de Judith habían dolido muchísimo.

Joder, hasta el Gólem aflojó un poco la presa, permitiéndole a von Ritter liberar el brazo izquierdo. "Danke".

- Judith, meine liebe, te quiero yo a ti. Y, joder, me encanta agarrarte del culo. - un técnico operador de Radio Berlín con auriculares Telefunken acercó un micrófono de pértiga. - Y me gustan esos ronquiditos que haces justo antes de despertarte...

- Eso es mentira: ¡Yo no ronco! - dijo Judith flipando con el tipo del micrófono.

- Lo que supongo que quiero decir es... QUE TE VAYAS DE AQUÍ DE UNA PUTA VEZ - Dijo esto último pataleando. - JODEEEEEER!!!

- Friedrich... ¿Qué es eso que viene? - Judith señalaba un punto brillante en el cielo.

- Eso... - von Ritter se giró para mirar.

- GAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH!

- Ah, joder... Eso es el fin. Judith, escúchame: Tienes que irte, ¡ahora! Corre. Corre, mi amor. Por favor, corre, por favor, corre, corre, CORRE, ¡CORRE!

- GAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH!

El mundo vibraba tanto que a Judith se le cayó del hombro un tirante del camisón y corrió, se le encogía el corazón por dejar a Friedrich allí, pero corrió.

Cuando von Ritter la vio alejarse, se volvió junto al Gólem hacia la misma locura y, señalando al cohete V-2 que se dirigía hacia ellos, exclamó:

- ¡Oh, Wernher von Braun! ¡Tú, magnífico bastardo!

El Gólem le soltó. Nada más verse libre, von Ritter cerró su puño y se dispuso a golpearle, pero se detuvo con una cara de odio que ya sólo se veía en las viejas películas de cine mudo.

Pero el Gólem iba en serio: ya no tenía tiempo para el hombrecito, y lo apartó de un manotazo. Von Ritter salió despedido varios metros en el aire.

Aún no había tocado tierra y el Barón ya estaba calculando qué posibilidades reales tenía de ir allí y darle una hostia al Gólem antes de que el V-2 impactara sobre ellos cuando Judith tiró de él.

- Vamos, Friedrich, vamos.

Corrieron y corrieron sin volverse atrás, salvo al final, segundos antes del impacto; la tentación era muy fuerte.

El Gólem... El V-2... El Gólem... El V-2... y la explosión fue como... OH CHICO

Fue tan acojonant... q... [AQUÍ SE PRODUJO UN SALTO EN EL METRAJE]

Estuvieron lloviendo cascotes, sedimentos y gravilla durante horas, como si el cielo estuviera hecho de piedra que se pudiera resquebrajar y se derrumbara ahora sobre sus cabezas.

La primera noticia de que estaban vivos llegó en forma de rayo de luz perfilando el rostro de Bushido Banzai, que retiraba los materiales que les atrapaban mientras ellos se quedaban como ¿Qué? ¿Qué cojones hace Bushido Banzai aquí? ¿Cómo coño ha llegado tan rápido desde Mönchengladbach?

Y no, no había rastro del Gólem, no podía haberlo. El centro del cráter todavía humeaba. Caminaron hacia la sinagoga al fondo, cansados, agotados, tan demolidos..., que más que con sorpresa sólo pudieron reaccionar con disgusto cuando - oh, buen Señor - el Gólem apareció otra vez frente a ellos, aunque era diferente. No, eran dos gólems ahora. ¡Tres! ¿Cuatro?

Cinco de aquellos seres les perseguían entre las ruinas. Seis. Y corrieron y corrieron hacia la vieja sinagoga, al fondo.

Siete...

--- XXX ---

Contaron cuarenta y nueve gólems rondando las inmediaciones del edificio, como celosos celadores zelotes o templarios que guardaran el templo.

Escondidos entre las ruinas, aguardaron hasta la noche del viernes, momento en el que daba inicio el sabbat - último y sagrado día de la semana judía -, y al séptimo día se pusieron manos a la obra.

Caminaban entre hercúleos bloques de piedra en medio de la tierra resquebrajada, con el deseo ahogado y absurdo de que nada de eso de verdad estuviera pasando.

Cuando se veían acorralados por aquellos seres, o un grupo de estos se les echaba encima, bastaba señalarles que estaban en sabbat para que los gólems se dispersaran, quedándose abstraídos, mirando a la nada durante largas pausas sabáticas.

Se encontraban ahora en el interior del templo, el barón Friedrich von Ritter, Judith Goldstein, Bushido Banzai y Tommy Engländer.

Avanzaban por estancias tornasoladas, apuntaladas por bóvedas mágicas imposibles de concebir. Era como si el de diseño de producción no hubiera pisado una sinagoga de verdad en toda su puta vida.

Sonaba el Coro de los derviches de Las Ruinas de Atenas de Beethoven, también como si los derviches pudieran ser judíos, aunque de alguna forma funcionaba.

- Kaaba! Kaaba! - cantaban los derviches hebreos - Mahomet! Mahomet!

- Algo va mal. - dijo Judith, con el rostro demudado.

Continuaron sin detenerse. Los cimientos del edificio temblaban, sacudidos por cada vez más violentos terremotos que amenazaban su integridad estructural, y ninguno podía dejar de observar cómo de las agrietadas columnas de alabastro de soberbios capiteles caía cada vez más polvillo.

El ánimo era funesto y la atmósfera, cargada y ominosa. Por fin iban a conocer al creador de las putas marionetas de barro - Großer Prophet! - y en realidad nadie sabía muy bien qué coño esperar de todo aquello.

- Manteneos alerta. - dijo von Ritter, MP40 en mano - No podemos permitir que uno de esos malditos bichos ponga un pie en suelo alemán.

Caminaron en formación de columna, recorriendo salas de arquitecturas abominables y bóvedas abrumadoras.

- Kaaba! Kaaba! Mahomet! Mahomet!

Al fin, unas escaleras que ascendían. Judith y el Barón se miraban intensamente, mientras los terremotos agitaban el edificio.

- Friedrich...

- En los pliegues de la manga tú has llevado la luna partida en dos...

- Lo sé, - asintió von Ritter - descuida.

Al llegar al ático cogieron al rabino desprevenido, volcado en su mesa, pensando en sólo Dios sabe qué...

Por su parte, el rabino dormitaba plácidamente, con la cabeza apoyada en su escritorio y sobre un charquito de baba. El pobre había estado toda la noche en pie trabajando en su última creación, un nuevo tipo de engendro mineral: el gargólem, una mezcla de gárgola y gólem con la que pensaba emprender también la conquista del espacio aéreo.

Ahora soñaba con el legendario gólem de oro, el góldem. Y también con un gólem polémico, el golémico. E incluso con esa rara especie, la de los golemmings, un tipo de gólem tan gregario como suicida que gustaba de reunirse en grandes concentraciones para luego despeñarse por los barrancos.

E iba a soñar con el..., cuando aquel grito a sus espaldas le despertó:

- Quieto ahí, Gepeto cabrón.

- No estaba trabajando en sabbat, - dijo el rabino levantándose de la mesa. - ¡no estaba trabajando en sabbat!

- ¡Titiritero de mierda! - continuó el Engländer, aunque en su descargo cabe añadir que Tommy se dio cuenta en seguida de que se había pasado y pidió perdón en el sitio. - Sorry, lad. How are you? Quite a comfy place here, huh?

- ¿Quiénes son ustedes? - inquirió el rabino, secándose la babilla con disimulo y adoptando un aire de indignada compostura.

- Le ruego que disculpe los modales de Tommy, señor. Es inglés, y ya sabe usted cómo son estos salvajes incivilizados. Soy el barón Friedrich von Ritter, mucho gusto. Ella es Judith Goldstein, y él, Bushido Banzai.

Saludaron con la cabeza, y después se produjo un extraño silencio.

- ¿Y bien? - dijo el rabino.

- Venimos a... - respondió von Ritter.

- pedirle... - sugirió Judith.

- ¡Mielda de gólems tiene que palal! - gritó Bushido Banzai, con su habitual vehemencia.

- Con que los gólems, eh?

El rabino se volvió de espaldas, haciéndose el interesante.

- Puto kamikaze... - maldijo Tommy.

Su forzado anfitrión se dirigió hacia una estantería y, sacando un largo y pesado volumen, se puso a consultarlo con aire distraído, seguramente buscando una ley que pudiera aplicarse al caso y ordenada por tal y cual tribu. Estaba ahora leyendo, seguía leyendo... Sí, definitivamente, sólo estaba leyendo.

- Disculpe. - insistió el Barón, con sus modales prusianos.

El anciano cerró el libro de golpe y anunció:

- Por desgracia, señores, no estoy en condiciones de poder aceptar su oferta.

Réplicas y más contrarréplicas golpearon entonces el edificio, y una gran grieta partió en dos el suelo, separando al rabino del grupo.

- Ustedes, ¡ustedes son los gólems! - les gritó el anciano. - Un ejército de gólems que dice sólo cumplir órdenes. ¿Obediencia debida? ¡No me pises los huevos! De hecho, ¿sabe qué? Son ustedes peores que los gólems, y mira que los gólems son monguers, pero al menos ellos pueden decir que es porque los hicimos así, pero ¿y vosotros, hombres y mujeres del Tercer Reich de muerte? ¿Acaso Dios no os dio el libre albedrío? Pero vuestro Führer os lo ha quitado, eh? ¿Es que acaso es más importante él que nuestro Señor?

El muro al fondo se derrumbó, revelando un enorme lago de lava donde antes se asentaba el gueto judío de Praga.

- ¡Moshe! - gritó Judith.

Von Ritter la sujetaba del brazo, impávido, mientras contemplaba cómo la narración se desprendía del relato principal para precipitarse definitivamente en el arte degenerado.

- Podíais haber acabado con el comunismo, pero no, claro, teníais que joder con los judíos. - siguió el rabino. - una gente indefensa, un pueblo de científicos, escritores y violinistas en el tejado... Seres humanos que no os habían hecho nada. Qué barbarie indecente, señor!

En los ojos de aquel hombre brillaba el secreto de la creación, y en ese fuego veía ahora el Barón arder su propia alma.

Y no se vayan a creer que el chorreo acabó ahí, porque el tío se despachó a gusto con una serie de reproches que sería harto penoso detallar aquí. Baste decir que lo remató todo con un "y que mucho Achtung con él o desencadenaba la Golemdämmerung".

Normalmente le hubieran disparado y santas pascuas, pero tras esa analogía de que los nazis que decían "yo sólo cumplo órdenes" eran como los gólems, tío, ya me dirás tú qué coño podían hacer.

El barón von Ritter llevaba una MP40 con tres cargadores, Bushido Banzai tenía su katana, unas estrellas Shuriken y los nunchaku, y Tommy Engländer su ametralladora Thompson, pero en el fondo estaban desarmados.

- Tiene que haber otra manera... - le pidió Judith.

- Le ruego que reconsidere su actitud. - decía también Friedrich.

El rabino tenía ante sí el perdón y la venganza, y en su rostro se reflejaba lo profundo del debate que libraba en su interior. Iba de un extremo a otro, valorando los pros y los contras, aunque siempre acababa en un "No, no, ¡jamás!" o un "Me niego, joder, ¡a la mierda!"

Pero, si era honesto, la decisión llevaba tiempo tomada. Sólo quedaba, pues, sellarla y hacerla irrevocable.

- Todos somos gólems, Barón. Hacemos lo que debemos.

- O lo que creemos deber. - von Ritter le quitó el seguro al MP40 - Clack.

El grupo avanzó con sus armas listas y el rabino dio dos pasos atrás, pero entonces abría la boca para amenazarles con la Golemdämmerung y eran ellos los que retrocedían. Esto se repitió cuatro veces en un gag de cine mudo.

Finalmente, se hartó de jugar con todos y, con su rostro presa de una ira infernal apenas contenida, pronunció los tres terribles términos tabú de la Torah y el Talmud, sí, esas tres palabras que bajo ningún concepto se deben gritar nunca juntas (niños, no las digan nunca):

- ¡Vudú! ¡Chacha! ¡Puta!

Y dicho esto, el rabino se lanzó al fuego y de sus labios brotó el grito de Wilhelm.

- Aieee!

Se asomaron todos al abismo de lava y miraron hacia abajo en plano contrapicado, levantando los brazos un poco así como ah para protegerse del calor.

Grandes trozos del techo de la sinagoga caían al fondo, pero de algún modo eso no parecía importarles, y además el brillo y contraste entre ellos y todo lo demás estaba desincronizado y no concordaba.

- Tío, qué gran discurso... - comentó Tommy. - Cuando dijo eso de que nosotros éramos los gólems me entró como un así que pensé que me moría, ¿tú no?

- Cacho. - asintió el Barón, gravemente.

No quedaba más que honrar la memoria de aquel extraño y singular hombrecillo dedicándole las palabras más hermosas que hay en nuestro idioma, o en cualquier otro:

- Exelente ahi van mis dieses amigo

Salieron todos de allí cagando leches, con perdón, pero eso es lo que hicieron: salir cagando leches de allí.

--- XXX ---

"Ningún gólem enemigo puede alcanzar el Ruhr.
Si sólo uno alcanza el Ruhr, no me llamo Göring.
Podéis llamarme Meyer."

- Hermann Göring

Los gólems... Ah, los gólems. Los gólems lo hostiaron todo.

Arrasaron con toda Europa y con medio mundo también. Cualquier pedazo de tierra, parcela de suelo o porción de gravilla en la que, por motivos de raza o religión, hubiese muerto alguna vez un judío era susceptible de convertirse en gólem. A partir de ahí, calculen.

Debía haber un gúgol de gólems allá fuera, lo que se dice un puñao. Y los gólems, a su vez, hacían más gólems. De Europa Central, por ejemplo, no quedaba más que un socavón infernal.

Era como si esa cosa negra reptando agazapada a lo largo del relato explotara por fin, cubriendo el mundo de volcanes rugientes y grietas de las que emergían chorros de lava y magma y más gólems.

Sí, la culpa, la culpa, la grandísima culpa...

El mundo se agitaba en terremotos de 8,8 en la escala de Auschwitz.

Era ésta una culpa tan grande como para hundir continentes.

Las palabras del rabino antes de sacrificarse con lo de que de su chacha era puta tenían que haber puesto en marcha alguna mierda gorda del Antiguo Testamento porque, geológicamente hablando, aquello era el jodido Juicio Final. Poniéndonos estrictos, toda esa actividad telúrica era más propia del período Precámbrico.

De vuelta al grupo... Oh, ¡maldita sea! - Blimey charlie! - un gólem emboscado se abalanzó sobre ellos y, antes de que pudieran recordarle que era sabbat, el monstruo cabrón mató a Tommy Engländer, que se moría ya mismo, muerto totalmente.

El bueno de Tommy, ¡no! Siendo optimistas le quedaban unos dos segundos de vida o así.

Se acercaron hasta sus moribundos despojos restos y guardaron silencio. Tommy se aferraba a sus últimos instantes de vida. Era un momento importante porque, depende de cómo, al actor que lo interpretaba le podían dar el Oscar y, sin duda, ésta sería la parte que pasarían al presentar el premio durante la ceremonia.

Pero el gólem lo había hecho tan trizas al pobre que ni hablar podía, y en vez de eso les hacía trucos con los ojos para animarles.

- Tommy... - lloró Judith por todos.

Las ciudades y los campos ardían, y Europa, la vieja Europa, raptada por un toro y follada por los gólems, también ardía.

La situación se les había ido de las manos, tenían que admitirlo: no había ya forma de arreglar esto. Los gólems se habían ido de madre, no podían volver a meter al genio en la botella, y menos aún resucitar a Tommy. No había nada que hacer.

Pero la mente de von Ritter comenzaba a urdir un plan: Los zeppelines, sí. Sonrió al verlos descender y sobrevolar las grandes extensiones de gólems para recordar por megafonía que, Golemdämmerung o no, aquello seguía siendo sabbat.

Alguien en el Alto Mando había tenido la misma idea que el Barón, y ese sólo podía ser Rommel, el Zorro del Desierto. Todavía quedaban mariscales de campo en Alemania.

Y funcionaba, estaba funcionando: los gólems se detenían. Eso les daba tiempo, y el tiempo, esperanza. Von Ritter desplegó un mapa de Europa sobre el capó abollado de un Škoda. Levantarían defensas, dinamitarían puentes, organizarían la resistencia antigólem. ¿De cuántos V-2 podría disponer von Braun? Tendrían que aguantar seis días hasta el siguiente sabbat, pero ¿hasta cuándo?

- Vas a seguir la pelea, ¿verdad? - le preguntó Judith.

El barón Friedrich von Ritter ni contestó de lo obvio que era.

- Ven conmigo, Friedrich. Vayamos al sur.

- Ya lo intentamos, y no funcionó. El relato, ¿sabes? Ahora llegaba un despacho de Hitler ordenando que me pegara un tiro, pero tú conseguías apartar la pistola lo justo y yo me quedaba herido y gagá, pero no retrasado total, eso no, sino en plan genio con problemas del habla y un montón de sangre en la cara. Y entonces me daba cuenta de que no sólo los gólems estaban en sabbat, Judith. La propia Golemdämmerung también lo está.

- Hostia, una mierda meta.

- Sí, una mierda meta. Y es horrible, créeme. Yo estuve ahí y fue la leche. Pero hay más. Huíamos al sur. Yo tenía una crisis filosófica de nihilismo y un gólem nos seguía, pero Bushido nos conseguía tiempo yéndose a Mönchengladbach, y entonces tú y yo follábamos sobre las ruinas de Europa.

- ¿Follábamos? - preguntó Judith abriendo una bolsa de patatillas.

- Todo el rato. Encontrábamos un sidecar y viajábamos por Italia y Grecia, coleccionando ciudades en las que habíamos follado.

- Ah, joder, Friedrich, vámonos... ¿Follábamos en Roma?

- Sí, también en Roma. Pero el final era una mierda, Judith... Le dábamos el libro de Tommy a un editor americano a cambio de un velero, pero la mar estaba muy mal y encallábamos. Y llegaba el gólem y empujaba el barco y nos salvaba, ¿entiendes? Era un final Golem ex machina.

- Joder, qué chungo. - admitió ella, porque los finales Golem ex machina estaban ya muy vistos. - ¿Y podemos besarnos al menos?

Se besaron, y este momento irá en la portada en los mercados de mayor cuota femenina. Era un beso de puta madre.

- No es como follar en Roma pero ha estado bien.

Llegaron a Berlín con el superpoder de la elipsis y algo de economía narrativa y von Ritter le dijo a Judith: "¡Mira!"

Por todas partes se aseguraban ventanas con tablones así en diagonal y luego en cruz, clack clack clack, y niños y ancianos en muletas se alistaban en la Wehrmacht. Ah, aquellas populares estampas le devolvían el ánimo a cualquiera, y von Ritter sintió que por primera vez tenían una oportunidad.

- Pero si es el viejo zorro del Zorro del Desierto... ¡Rommel, camarada!

- ¡Von Ritter! Sabíamos que vendrías. Hitler te está esperando, te quiere suicidar.

- Eso ahora puede esperar. Traigo malas noticias.

- Pues a la cola, como todo el mundo!

Rommel parecía extenuado, exhausto, como si la carga que recaía en sus hombros de llevar ahora la exposición además de la defensa antigólem del III Reich fuera excesiva. Ya no era el guerrero que él había conocido.

- Veo que no te has enterado. - le dijo enseñando partes y mapas.- Rusia ha caído. En cinco minutos, von Ritter. ¡Cinco minutos!

El Barón apenas podía creerlo. Allí donde fracasaron Carlos XII de Suecia, Napoleón Bonaparte y ya estaba haciéndolo Hitler en 1943, los gólems lo habían arrasado todo, así sin más, en un parpadeo.

Heinz Guderian

Heinz Guderian

Rommel, el viejo zorro del Zorro del Desierto

Rommel, el viejo zorro del Zorro del Desierto

- ¡En cinco minutos, von Ritter! - dijo Guderian, el padre de la Blitzkrieg, llegando a 7 km/h en un tanque Renault de la Gran Guerra, lo que quedaba del 2º Ejército Panzer. - ¡La Unión Soviética en llamas, ha ha ha! Es para volverse loco. Yo los vi, von Ritter. ¡Gólems! Gólems amorrados a las cúpulas del Kremlin, ¡la marabunta! Coño, qué rápido se llenó de muertos aquello...

- Gott im Himmel, me cago en la puta! - maldijo Rommel al leer el último teletipo: Los gólems del este habían hostiado todo lo que se podía hostiar en la URSS y ahora venían hacia allí a hostiarles a ellos. A esta hora cruzaban el Vístula.

- Y esos gólems del este no son como los gólems normales de aquí, ¿sabes, von Ritter? - seguía Guderian. - Te estoy hablando de gólems bolcheviques. Gólems cosacos, tártaros, mongólems... Son los subgólems, y son decillones. ¡Decillones!

Decillones... La mera resonancia magnética de esa palabra les hacía temblar de miedo. No, no había forma de pararlos, era una escala de magnitud insoportable, incomprensible.

El barón von Ritter les explicó entonces que la Golemdämmerung también estaba en sabbat, pero Rommel, el viejo zorro, ya se barruntaba algo así, y Guderian decía que no, que la mayor amenaza eran los gólems del este, y que si la Regolemdämmerung era cierta - que ya te digo yo que lo era - daba igual, porque total, estaban todos muertos.

La historia se tripetía, primero como tragedia, luego como farsa, después como farsa gólem: Volvían a luchar una guerra en dos frentes.

- Va a ser una batalla cojonuda - decían de compadreo bebiendo cerveza.

- La madre de todas las batallas.

- La madre de todas las batallas y su puta abuela.

Estaba decidido pues: A aquello lo llamarían la Tercera Gólem Mundial.

Como es natural, tenían todos muchas preguntas, pero se las callaban, porque es lo que hacen los hombres y así quedaba más tiempo para las escenas de pelea.

Friedrich dijo entonces "Caballeros, si me disculpan...", porque pensaba en Judith.

Iba toda mona ella con su camisón blanco rasgado en plan sersi y un casco de huno que había conseguido, en plan casual chic effortless que se dice ahora (?), en una palabra, muy guapa, pero ya no se la necesitaba. Había llegado la hora de la despedida.

- Debes irte, Judith.

- No, ¿por qué?

- Degeneras el relato. Eres la belleza, la bondad, lo femenino. Y lo que toca ahora es muerte, destrucción, degollamientos. Se viene la madre de todas las batallas, y no podemos perder, esta vez no, porque si no es el fin. El fin de todo, Judith... Valoremos esto en su justa medida: ¿Qué importan dos corazones rotos más en el mundo si a cambio se salva el universo? Por eso, vas a usar la elipsis por la que vinimos antes para irte de aquí, aún estará abierta, Bushido te acompañará. Y ahora vete, lárgate. ¡Te echo!

- ¡Una polla! ¡No me da la gana, von Ritter! ¡No soy tu gólem al que puedas mandar!

Von Ritter flaqueó al verla llorar:

- Eh, venga... Nos acostamos al principio de la historia, ¿recuerdas? Sabes cómo va: Tenía que acabar mal.

- ¿No quieres follar en Roma? ¡Vale! ¿Quieres morir, von Ritter? ¡Pues vale también! Pero no podéis escribir tú y quien sea una historia en la que yo no muero contigo, ¡me niego!

Von Ritter la cogió por los hombros y, mirándola a los ojos, le dijo, temblando:

- Mi amor, tápate los oídos porque voy a decirte la cosa más horriblemente nazi que te haya dicho nunca nadie jamás. - y, con los ojos clavados en los suyos como dagas de las SS, le dijo la cosa más nasi que nadie le había dicho jamás. Se pasó tres pueblos el tío, tres pueblos además de los que votaron al NSDAP.

Fue una cosa tan nazi que Judith voló en ocho mil ochocientos ochenta y ocho pedazos más uno, el suyo, y eso que estaba tapándose los oídos (pero hacía trampa). Dijo "Vale vale, está bien" en shock e, intentando recomponerse sin éxito, se marchó para siempre del relato.

Si lo piensas, von Ritter le había salvado la vida diciéndole esa cosa tan supernazi a la cara, o sea que era bonito, e irónico.

Con una expresión de "¿Qué he hecho?" y el corazón aborrecido, el Barón cogió un fusil de asalto que había por ahí tirado y, subiéndose a lo alto de una barricada, gritó:

- ¿Quién quiere morir hoy por Alemania? - y el clamor de yoes y sieg heils apagó en el aire los llantos de Judith.

Llegó entonces Hitler con el montaje musical justo a tiempo:

• Brujócratas de la Ahnenerbe del más alto rango y nivel llevaban a cabo en ese mismo instante un siniestro ritual nigromántico para resucitar al emperador Barbarroja, a cuyo cadáver putrefacto y redivivo pensaban armar con la Lanza del Destino.

• Hitler también les anunció nuevas y fantásticas Wunderwaffen que ya estaba desarrollando, como el boomerang-esvástica 卐 - aquí todos aplaudieron -, y muchos otros planes secretos que ya verían, ya.

• Terminó poniéndose cósmico-mesiánico para profetizar que los gólems silesios y bávaros se unirían al pueblo alemán en cuanto vieran llegar a los otros gólems degenerados, y de la batalla entre estos y el gólem ario surgiría el ubergólem, llamado a defender Alemania por mil años.

• Más aplausos. Tomó el testigo Rommel para explicar que habían establecido varias líneas de defensa, la Sigfrido, la Gótica, la Gustav, y la línea Torcuato de Tena (defendida por unos españoles saludando a cámara y uno decía "¡Abuela!"), y que confiaba el muy zorruno en que llegado el momento todo alemán cumpliera con su deber, matar gólems.

• Guderian remató la jugada explicando que él había traído cerveza y les enseñó a todos su nuevo reloj, que era del gruñón de Blancanieves, y causó honda impresión en el populacho, acostumbrado a los relojes de Dumbo que prefería el Führer.

La escena musical se cerró con un estruendoso éxito y ya estaban todos listos para morir. Los hombres se acercaban a sus mujeres, buscando un último arrumaco y/o momento de ternura, y von Ritter al ver aquello echó de menos a Judith.

- ¡Se van! - gritó un extra desde lo alto del campanario.

- Pero qué coño. - decía otro.

El Barón se subió a la muralla para contemplar el atardecer de los gólems sobre un fondo de cielo de color anaranjado.

Los monstruos se iban. ¡Sí, se iban! Se levantaban del suelo de estar sabáticamente a la bartola y se largaban. Partían hacia el oeste huyendo de las hordas asiáticas de gólems, así es como era con las invasiones bárbaras de gólems. Y es que, hay que decirlo: los gólems eran muy racistas entre ellos, por ejemplo, a un gólem de Cracovia lo miraban regular.

Se iban tan acojonados que, cómo no sería la cosa, hasta un niño que ese sabbat se había hecho amigo de un gólem le decía "Mólem, mólem, no te vaya" y el Mólem el cabrón se iba!

- ¡Buuuh, gallinas! - les increpaba el pueblo, tirándoles repollos y un pollo vivo.

- Se ve que ser cobardes no les supone trabajo. - sentenció un nazi de gólems.

- ¡Gólems de puta! - gritaba Goebbels por la radio.

Los gólems empaquetaban sus cosas y se iban. Tampoco cargaban con mucho, una roca, una piedra a la que le habían cogido cariño... Se iban.

Hitler se caga en los gólems

Eso era lo que duraban las profecías de los 1.000 años del Hitler, ni cinco minutos.

Quedaban aún unas horas para que terminara el sabbat cuando, de repente, ahora sólo quedaban segundos.

El tiempo ya no era una magnitud física y había elipsi por todas partes. El Barón, Rommel y Buderian decían "¡Sincronisemo los reloje!" pero no podían, porque las manecillas de Pinocho, Bambi y el enano gruñón iban aceleradas a toda prisa.

Era la Regolemdämmerung aproximándose, mientras una tormenta de polvo se levantaba en el este, de las cordilleras de gólems que venían a hostiarles. ¡Y terremotos terribles que hacían trebinklar la tierra! Sí, era la Regolemdämmerung, y también la Tercera Gólem Mundial, y harían ustedes bien en conseguir palomitas.

- ¡Quedan tres segundos!- gritó von Ritter.

El Buderian andaba enfurruñao porque estaban todos parapetados detrás de trincheras y barricadas, y eso a él no le molaba porque, pudiendo gritar "¡A la carga!", decir "Aguantad, aguantad... ¡Ahora!" era de maricones (ojo, lo decía él, no yo). Pero como el plan era de Rommel, que no era mariscal de campo y playa precisamente, pues se lo callaba; aparte que como desobedecieras el Rommel luego te hacía zorrerías.

- ¡Dos segundos!

Se miraron: Rommel el viejo zorro del Zorro del Desierto, von Ritter, y Buderian. Sabían que iban a morir, pero morir por Alemania iba a molar un huevo. Esa noche pedirían el menú nº 4 en el Valhalla.

- ¡Un segundo!

En el segundo eterno antes del final de todo, los órganos de las iglesias tocaron el 'Ich ruf zu dir, Herr Jesu Christ' de Bach, mientras uno, dos, tres, catorce V-2 salían disparados hacia el cielo en dirección a las principales ciudades alemanas, para no dejarle nada en pie al enemigo.

Hileras de penitentes salían a los caminos en medio de las bombas, a cantar el coro de los peregrinos de Tannhäuser, y las madres abrazaban a sus hijos, preguntándose qué sería de ellos ahora que caía la noche.

Tres estrellas despuntaron, anunciando el inicio del primer día de la semana judía y domingo en todas las demás. La Golemdämmerung comenzaba entonces su trabajo y Dios se echaba a dormitar.

- ¡Agarraos! - gritó von Ritter, que ya se lo sabía.

El tiempo se partió en dos con un espasmo seco de muerte. Estertores ciclópeos contrajeron el manto terrestre cuando las columnas de lava se elevaron al cielo.

El campo magnético de la Tierra comenzó a vagar sin rumbo - SUM SUM SUM SUM -, como una brújula moral que hubiese perdido el norte, arrastrando consigo tanques, barcos, edificios, transatlánticos, en su tránsito hacia un nuevo equilibrio.

- Pero qué coño es esta mierdaaa??? - decía Buderian patinando en su tanque Renault.

Miraban todos a su alrededor aplastados de asombro, empequeñecidos por el peso de la historia, motas de polvo en la hecatombe de la materia.

Dos, tres, cinco, ocho, trece grietas de Fibonacci rasgaron la ciudad de Berlín, engullendo barrios enteros en abismos de magma burbujeante.

En algún momento vieron un gólem agarrado a un Zeppelin en llamas caer sobre una catedral y estallar todo en dos mil trescientas veinticuatro mierdas.

Fue entonces cuando la cara oculta de la Luna se desprendió del cielo, lloviendo meteoros que al llegar a la Tierra se convertían en gólems del espacio.

Se taparon los ojos, no querían ver más. Temían convertirse en columnas de sal.

Pero Hitler sí miraba. Veía el cosmos colapsar sobre sí mismo y observaba el centro del universo como si quisiera memorizar todos los detalles y pintarlo luego en acuarela. Ahora sus ojos pagaban el precio, rodando en sus cuencas a la velocidad de quásares, instantes antes de desintegrarse todo él centrifugado. Acuarélame eso, Adolf Hitler.

Sus restos, reducidos a la más elemental expresión de la sustancia, salieron dispersados con el viento, propagándose por el mundo de tal modo que hoy todos llevamos un poco de Hitler dentro, por ejemplo, ahora mismo en la boca (pausa para gomitar).

Sí, coño, sí. Aquella sí era la Golemdämmerung, tío... De todas las Dämmerungs posibles la Dämerung más chunga que había. Y no había hecho más que empezar.

La civilización occidental caía como un fantástico pájaro de fuego herido, entre ecos apagados de Telemann y las hostias que nos iban a dar los gólems orientales.

Fue entonces cuando...

- ¡Mirad! - dijo el extra que decía "¡Mirad!"

Joder, los gólems volvían. Los golems silesios y bávaros, ¡volvían! Y también había gólems de Pomerania, y frisones, y austrohúngaros, y tres gólems del Palatinato, por no hablar de los gólems cantores de Núremberg. ¡Coño, por volver, hasta el Mólem volvía! ¡Mólem! Ah, si Hitler hubiera vivido sólo tres segundos más para ver esto...

- ¡Podemos vencerles! - dijo un gilipollas.

No, qué coño dice el imbécil este? No podíamos vencerles ni con ayuda de los gólems autóctonos. Este extra que no vuelva a hablar, por subnormal.

- No, ¡no podemos vencerles! ¡Son demasiados! - dijo uno más normalito.

Casi podían verles las caras y... ¡no tenían! Eran gólems inacabados, malformados, deformes. Gólems apretujaos, indeseables, parásitos sociales, eran como ratas si las ratas pudieran ser gólems. Gólems con taras, bolchevizados, y algunos hechos de mierda literalmente. Pero incluso entre estos putos subgólems degenerados los había aún peores, lo más unter de lo más unter, ¡los infraunter!

- Aguantad... - decía Rommel asomado a un ventanuco con la pistola cargada.

Había gólems de veinte, treinta, creyeron ver uno de hasta cuarenta metros, todos de corte brutalista, e incluso de estilo abstracto. Venía con ellos la legión de gólems de Stalingrado, surgidos de las ruinas de la ciudad, negros y con los ojos rojos brillantes. Estos eran peores que las subcosas. Al verlos, hasta la propia Golemdämmerung se daba cuenta de que se había pasado. Y había además gólems siberianos, y transiberianos, y subsiberianos también. Y gólems remeros del Volga, y...

Aquellos infragólems no tenían nada que ver con el buen gólem alemán, ordenado y puntual, no me jodan. Eran seres a todas luces inferiores, imitaciones de imitaciones de vida, una blasfemia con tirabuzón. Aquello no se podía consentir ni un segundo más.

- Aguantad... - decía el Rommel. - Aguantad...

- Una puta polla.- salió el Buderian. - ¡A la carga!

Comenzó así la madre de todas las batallas y su puta abuela, la batalla con la que todo guerrero sueña. Muerte, destrucción, ¡degollamientos! Las escenas se sucedían. Visiones de gloria que sin filtrar podrían convertirles a ustedes en dioses. Era la puta batalla más reputamente reputa de todas las putas batallas que ha habido. ¡La batalla del bien contra el mal, y la primera batalla de las guerras civiles gólem!

Avanzaban en formación de cuña a través de la tormenta de arena. Rommel, el Buderian y von Ritter iban a bordo de un Panzer III de cañón chato y se habían separado del grupo principal intentando una maniobra envolvente.

Rommel conducía a cámara rápida y Buderian de artillero disparaba a los gólems en los huevos, mientras von Ritter iba encima del tanque pateando a los subgólems que se les subían encima, y les tiraba su boomerang-esvástica.

- ¡Morid, hijos de puta! - gritaba.

El cabrón hacía panzer surfing en la batalla del fin del mundo disparando con su Fallschirmjägergewehr 42 a los gólems ya como aburrío: Habían matado 800.000 subgólems o así y las valquirias iban a él y le enseñaban hasta el coño. Pero las oleadas de gólems continuaban, era un mar infinito.

Se metió en el interior del tanque porque se había dejado los cigarrillos. Rommel y el Buderian habían intercambiado los puestos y ahora conducía Buderian, atropellando a los gólems a cámara lenta de Sam Peckinpah con la satisfacción del demonio en el rostro.

- ¡Traga oruga, *gólem*! - decía despedazándole la cara a uno a tres fotogramas por segundo. - ¡Que tragues te digo!

Rommel, en la cúpula del panzer, causaba con sus disparos gran mortandad entre las filas infragólems, porque el diseño de estos dejaba mucho que desear, observó. Llevaban todos sus inscripciones de "Emet" talladas a la vista, con una caligrafía como descuidada y hecha de cualquier manera. Bastaba un simple disparo para borrar a varios del mapa.

Había muertos de gólems a punta pala, pero seguían siendo demasiados, pensaba el Barón, de nuevo en lo alto del Panzerkampfwagen III, fumando.

Se agachó justo cuando los rayos láser tenían que partirle en dos y lanzó el nazimerang, acabando con todos los golems del espacio, pero le dijo a la esvástica que se quedara allí 卐

El resto del viaje tenía que hacerlo solo. Además, ya no le molaba tanto el nasismo.

Golpeó el blindaje del Panzer y dijo "Dejadme ahí" señalando un punto en el horizonte infernal.

Volvía a conducir Rommel a cámara rápida y cuando el polvo se despejó y pudieron ver dónde iban...

Todos se estremecieron, cómo no hacerlo. Estaban ante un gólem de 87 metros de altura. No de 88, no, ¡de 87, para joder! Y era Magog y la Torre de Babel, un gólem hecho de todas las naciones del mundo, ni imaginado por Jonathan Swift. Era el rey de los gólems del este. ¡El marasmo!

Desplegada a su alrededor, la legión invencible de los gólems negros de Stalingrado, con sus ojos rojos brillando a traves de la neblina polvorienta.

- Noooo! - le decían Rommel y el Buderian. - ¡No lo hagas! ¡Es una locura!

Pero - chika-clacka - el Barón tenía que hacerlo, y por mucho que le tirarán ahora de la pernera del pantalón no iba a cambiar de idea. Se giró para decirles que le dejaran ya coño, que quería morir por haberle hecho daño a la judit cuando...

- Hostia put... ¡Por los clavos de Cristo! - dijo al volverse.

El cadáver putrefacto y redivivo del emperador Barbarroja cabalgaba a lomos de un caballo blanco, y detrás de él iban los cuatro jinetes del Apocalipsis. Y allí mismo, en medio de la batalla del fin del mundo y de la Golemdämmerung y de las guerras civiles gólem, le hacía a Von Ritter entrega de la Lanza del Destino.

- Toma, la Lanza Sagrada, ¡hijoputa!

Cuando el Barón la cogió en la mano, la lanza se cubrió de llamas.

- Toma, la Lanza Sagrada en llamas, ¡hijoputa! - amplió Barbarroja.

Luego, el jinete de apocalipsi de la muerte le hizo asin con el deo 👍 y todos se fueron.

Buderian miraba asomado a la torreta y Rommel decía qué pasa, cuéntame! sin dejar de ir a cámara rápida.

Von Ritter adquiría un resplandor dorado, como de héroe wagneriano. Se bajó de un salto del Panzer en marcha y caminó hacia el corazón de la tormenta. El Buderian y el Rommel le gritaban "Eh, hombre!", pero él no podía escucharles, ya no. Operaba en otra longitud de onda.

Caminaba. ¿Qué separa a un hombre de un dios, lo han pensado? En esta historia son trescientos metros.

Se adentró con la lanza de Longinos en la soledad más absoluta del ser. Avanzaba en ostinato al son del 2º movimiento de la Séptima de Beethoven. Uno contra decillones. Sesenta órdenes de magnitud les separaban.

Los subgólems le atacaron al unísono, les disparó, los mató a culatazos, con los puños, a dentelladas, gritó, escupió, maldijo, manteniendo en todo momento al margen a la Lanza del Destino en llamas.

Si quería matar a Magog con ella, debía conservar su excepcionalidad narrativa.

Llegó a los gólems negros de Stalingrado, del más fuerte de ellos salían hierros retorcidos con cabezas humanas ensartadas.

Recordó a su padre contándole historias de la antigüedad.

"Viajero, ve y dile a los espartanos que, obedeciendo a sus leyes, aquí yacemos."

Von Ritter disparó en los ojos al comandante de los stalingólems, que cayó muerto en el acto, junto al que tenía al lado. Y es que Rommel también se había dado cuenta de que llevaban la inscripción mágica en los ojos y les disparaba con su pistola Luger - piñau piñau -, y ahora Buderian se unía, aunque tenían que cerrar un ojo para apuntar porque estaban muy lejos.

Von Ritter refulgía. Era el dios dorado de la muerte.

Los gólems negros de Stalingrado que quedaban se tiraron sobre él, pero ya había arrojado la lanza. Volaba hacia el subgólem de los casi 88 metros. Y no era una lanza cualquiera, no. Era la Lanza Sagrada en llamas de Chéjov, ¡hijoputa!

No podía fallar... y... ¡Dios! No falló. Magog se derrumbó con un grito tan terrible como mudo, y antes de tocar el suelo su cuerpo se pulverizó en un fino polvillo, así que todos se taparon la boca corriendo (pausa para gomitar el que no).

Aquello partió el tiempo en dos, fue un antes de von Ritter y un después, y además ocurrió justo cuando la niebla se despejaba, para que todos pudieran ver lo guay que era.

Los gólems y los subgólems se postraban ante el Barón, como Vercingetórix ante César.

Lo que son las cosas. Von Ritter era un dios, sí, ¡pero el Dios de los gólems!

Con un tono de voz severo e imponente, como de zarza ardiendo, les dio entonces a gólems y subgólems una serie de leyes, y les ordenó reconstruir todo cuanto habían destruido. De ahora en adelante vivirían en paz y harmonía con el hombre, y dejaba a cargo a Rommel y al Buderian, y que les hicieran siempre caso.

Y así fue como fundaron todos Golemania, por si alguna ves les preguntan en el cole.

Estaban de fiesta y celebración y Golemania ya parecía bastante limpita. Buderian y Rommel se le acercaban y le decían, le decían: ¿Te vas a foiar a la Eva Braun? Y también le desían le desían Que la tienes en el bote, chaval, pero mira qué tetas y ese culamen, por Dios...

Von Ritter se marchó. Le gritaban "Eh, hombre!" pero, longitud de onda. Ya no operaba en el mismo universo.

"El destino se abre su ruta", escribió una vez Horacio.

Empleó la Lanza por última vez para abrir una costura mal disimulada del relato y salió.

Las palabras se reordenaban literalmente a su alrededor.

Estaba en una nada vacía de contexto, aunque de vez en cuando veía retazos sueltos, un párrafo aquí y allá, ecos de antiguas estructuras. Y había andamiaje, y una alfombra de papeles arrugados.

Ya no era un dios dorado. Ahora era sólo el barón Friedrich von Ritter, Oberstleutnant del Ejército Alemán y de la Luftwaffe, y Obersturmbannführer de las SS en excedencia, y tenía tres doctorados en Filosofía y una más que notable carrera militar, pero nada más.

Encontró lo que buscaba un poco más adelante.

En realidad, sólo era un cliché, el buen soldado alemán.

Si existía era por Judith, sólo por ella. Le redimía, le salvaba.

Estaba en la historia descartada y veía a su descarte dispararse en la cabeza. Pésima idea: Ningún relato sobrevive a un protagonista haciendo algo así.

¿Había conseguido desviar la bala lo suficiente? Por favor, Dios. No. Joder. No, no. Friedrich sangraba mucho por la cabeza, Dios Dios. No te mueras. Dios, Dios... No, la bala no parecía haber entrado. Se rasgó la falda del camisón para hacer una venda. Idiota, idiota, le decía. Te odio.

Sí, ella le salvaba de sí mismo.

Intentó seguir a partir de ahí, pero el rastro se perdía. Se quedaba gagá, ocurría la Golemdämmerung y, ¿se desmayaba? Seguramente usaron una elipsis que llevaría días cerrada.

Era imposible llegar a tiempo. Ahora que no le veía nadie (no miren), se permitió llorar.

Recorrió desiertos de ideas, valles repletos de anacolutos y perogrulladas, lugares comunes y montañas de las que caían rodando ripios de semianalfabeto.

Si no encontraba el camino, ¿se tendría que quedar allí siempre, encerrado en la tumba de lo que podría haber sido?

Por fin acertó a escuchar una voz pura como una coral de Bach: Era una coral de Bach.

Una coral de órgano, la BWV 639, plegaria y tema central de la otra historia, ahora ésta.

Sí, sin duda, era ahí. Toda aquella parte olía a refutación hegeliana, estaba en el sitio, sólo que llegaba 118 párrafos más tarde (los había contado).

Una margarita nacida entre las esquirlas se agitaba al viento. Von Ritter reconoció el leitmotiv gay - allí es donde se habían separado de Bushido.

... eran bárbaros, animales fornicando sobre las ruinas de una civilización superior.

Relampagueantes destellos cubrían los nortes y los ríos infernales otrora subterráneos atravesaban la tierra cuarteada (pues también allí hubo una Golemdämmerung), pero ya se veían árboles.

Encontró el sidecar, pero sin ella no era lo mismo. Lloró de nuevo, gritó, desmontó el sidecar a patadas. Ahora iba en una simple moto.

Viajó por Italia y Grecia, coleccionando ciudades en las que podría haber follado con Judith.

Se veía viéndola, y a ella frente a media cúpula de San Pedro. Paseaban por las ruinas de Roma, maravillados como Belisario y sus hombres sitiados por los ostrogodos, tal y como recogió Procopio.

Conducía a toda velocidad por carreteras desiertas. Anochecía. El cielo estaba coronado por dos medias lunas.

Entró en el templo de Atenea, con un mar embravecido de fondo. Allí también Judith y él...

Esa noche, más tarde, ella soñó que Friedrich era Cadmo y mataba a un dragón, y de los dientes del monstruo sembrados en la tierra nacían guerreros.

Von Ritter descendió por la playa, no lo podía creer: Reía y lloraba. Luego sólo reía, como un exdios victorioso.

Allí estaba ella, en lo alto del velero varado, con su cabello negro como la primera noche del tiempo bailando en la brisa. Le había estado esperando todo ese rato.

- Ya pensé que no venías.

- Tienes que estar de broma.

Subió al barco y la besó, y fue un beso de requeteputísima madre.

- Te quiero. - le dijo él.

Ella le decía que no con la cabeza:

- Te quiero yo a ti.

El Gólem ya bajaba por la arena. Llevaba la katana de Bushido clavada en la barriga y tenía media cara derretida y la frente deformada, y ahora en vez de decir GAH, decía...

- GOOOOOOOOOOOOH!

- Me encantan los finales Golem ex machina, ¿a ti no?

Von Ritter asintió porque los finales Golem ex machina eran los mejores.

Llovían gotas de cristal eléctrico sobre la coral de Bach y un coro de síntesis se elevaba a los cielos (sí, era la banda sonora de Solaris).

El gólem empujaba el barco. ¡Navegaban!

- ¡Adiós, supergólem! - decía Judith, abrazando a Friedrich al timón - Danke schön!

Pero el Gólem no les decía adiós porque no conocía el sentido de esa palabra. El Gólem sólo sabía que había valido la pena ser un gólem.

--- XXX ---

Judith y Friedrich dormían bajo las estrellas.

En realidad, Friedrich no. Pensaba. Pensaba en que cada momento en esta vida es un regalo, cada instante, y nadie tiene derecho a jodérselo a otro, y menos a pisarle los huevos.

Pero también pensaba en que, bien mirado, tal vez tendría que haber disparado al jodido rabino ese y a la weah de su putísima chacha. No muy fuerte, quizá en un pie o algo, pero coño, la de gólems que se hubieran ahorrado.

En verdad Friedrich hacía ver que pensaba para cerrar lo del viaje del héroe de Campbell y eso, pero sólo tenía en mente a Judith.

¿Sabría ella lo muchísimo que él la quería? No, nunca, jamás. Ni en un millón de años.

¿Y qué sería ahora de ellos? Pues que llegarían a Acapulco y tendrían cero problemas con la visa, y todo sería chévere y estaría bien.

- ¿He muerto y estoy en el paraíso? - dijo ella, desperezándose con el pelo revuelto.

Se abrazaron en cubierta, mirando el suave resplandor que se agitaba en la distancia.

El mundo ardía en el horizonte, y era una sensación agradable, porque daba calorcito.

Y colorín colorado, DAS IST DAS ENDE.

Die Golem hijos de puten!

2020-2026, Carlos Miguel Ruiz

SECCIÓN DE HUMOR
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