Siempre
quise ser astronauta, desde que era niño: llevar, cubierto de pegatinas, un traje
hinchable y superchulo que me hiciera quince tallas más grande, y caminar con él por el
espacio, visitando mundos repletos de aventuras, princesas ardientes y rayos láser,
exactamente igual que en Flash Gordon,
pero sin tanta música de Queen de fondo.
Por
aquel entonces todavía era inocente, recuerdo. El Cosmos me fascinaba. Debía tener doce
años y apenas pensaba en lo mucho que se liga cuando se ha estado en la Luna saltando, y
¿sabéis porqué? Pues porque los motivos de mi fascinación por el espacio eran más
puros que una piscina repleta de mujeres desnudas. A mí me importaban cosas más
elevadas, como la ciencia, el conocimiento y decirle a los extraterrestres que podían
llevarse a todos los habitantes de la Tierra y ponerlos en latas de atún o lo que fuera
que hicieran, pero que dejaran en paz a mis padres al menos hasta que cumpliera 34 años,
edad en la que tenía pensado independizarme.
Desde
el principio tuve claro que para ser astronauta tenía que comprarme un telescopio. Estaba
obsesionado, no quería otra cosa: con tal de llevar a mis padres hasta la óptica del
barrio, estudié e hice camas durante seis jodidos meses. Seis. Todo para que el cretino
que trabajaba en el puto Visionlab le dijera a mis padres que si no iba a utilizar el
telescopio en el campo no valía la pena comprarlo, porque en Barcelona la única estrella
que podía verse era a Montserrat Caballé cuando iba de camino a la ducha, y eso sólo si
la noche era clara.
Así
que me compraron un microscopio.
Un
microscopio, yupi. "Mira qué cabeza tan grande tiene esa mosca", y todo eso.
De
modo que, para sublimar mi deseo de conocer las estrellas, me vi abocado a la tortura de
jugar durante cuatro años seguidos al mejor videojuego de la historia, Elite. Por supuesto, también leí todos los artículos y libros
sobre astronomía que cayeron en mis manos, y videé todas las pelis de ciencia ficción
habidas y por haber.
Fue
sólo a los veintidós años cuando descubrí que, decididamente, jamás iba a desempeñar
un papel relevante en la carrera espacial. Y es que la habilidad para ridiculizar a las
personas que me caen mal y el superpoder de olvidar los nombres de las mujeres con las que
me acuesto no son de gran utilidad cuando un transmisor se jode a 300.000 kilómetros de
altura, reconozcámoslo.
Este
pensamiento tan asombrosamente lúcido me tuvo deprimido durante un tiempo, porque lo
cierto es que ninguna de estas dos virtudes mías me hacían útil para nada.
De
hecho, no sólo no me hacían útil, sino que me incapacitaban completamente para
cualquier otra cosa que no fuera jugar a videojuegosb o pedirle dinero prestado a mi
pareja para pasar la noche fuera de casa bebiendo alcohol, sin mi pareja.
Pero
ya lo he superado y estoy bien, gracias a Dios.
Ahora,
por fin, pasados los años, puedo mirar atrás y alegrarme de no estar allá arriba, en el
Cosmos, entre las estrellas. Porque tal vez ser astronauta pueda parecernos - e incluso
resultar - muy romántico y apasionante pero, qué diablos, ser escritor en paro tampoco
está tan mal. Por lo menos cuando voy al lavabo no he de tenérmelas con la falta de
gravedad.
Porque
la ingravidez puede ser muy divertida vista desde fuera, pero no es sólo: "Oh, qué
chulo, estoy flotando". La ingravidez también es: "Oh, mierda. Eso TAMBIÉN
flota". Por eso cuando vas al lavabo en el espacio te tienes que autosometer a un
enema. Y para aquellos que no tengan un diccionario a mano, aclarar que un enema es una
sencilla operación médica que consiste en introducir un tubo de plástico en un extremo
de tu aparato digestivo, y no, no me refiero al extremo que tiene dientes. Así que, a no
ser que seas astronauta bulímico o algo, los viajes espaciales son *UNGH* incómodos.
En
cambio, "2001: Una Odisea en el Espacio" en el salón de tu casa, con las luces
apagadas y un canuto en la mano, es toda una gozada.

La
carrera por la conquista del espacio comienza tras la 2ª Guerra Mundial, cuando varios
científicos alemanes emigran a los Estados Unidos, donde ven permutada su condena a
muerte por su pasado como criminales de guerra nazi, a cambio de compartir con los
norteamericanos sus extensos conocimientos sobre balística y cohetes. Este dato no es del
todo correcto y seguramente encontraréis en casa algún libro que explique la historia
exactamente tal y como fue, pero mola más como yo lo cuento, así que sigo.
Por
aquel entonces, el mundo estaba dividido en dos bloques: uno, el occidental, donde los
buenos que hacían surf y comían hamburguesas habían hecho las paces con algunos nazis
que ahora eran simpáticos, y dos, el bloque comunista hijodeputa, donde cuatro gordos
cabrones vivían a cuerpo de rey mientras unos pocos millones de nada flipaban con
expresiones como "plan quinquenal", "Gulag" y "trabajos forzados
en Siberia".
Los
buenos buenísimos y los malvados comunistas tenían la costumbre de jugar al ajedrez con
el planeta, hasta que un día se quedaron sin penínsulas asiáticas y repúblicas
bananeras y decidieron que había que conquistar el espacio.
Desde
un principio, a ninguno de los dos bandos le animó el deseo de ser realmente el primero,
sino el miedo a ser el último, lo que demuestra, una vez más, que la paranoia siempre es
productiva.
El
primer tanto en este duelo que habría de durar doce años, fue para los russkies,
cuando, el 4 de octubre de 1957, pusieron en órbita el primer satélite artificial, al
que bautizaron "Sputnik" ("satélite", en ruso).


La perra Laika
sobrevivió a 45 años sin oxígeno, alimento, espacio y temperatura exterior adecuada, y
en la actualidad da conferencias y es muy feliz.
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El
segundo gran hito de la década llegaría sólo un mes después, cuando el mismo equipo
científico lanzó al espacio un nuevo Sputnik mucho más pesado que el anterior, entre
otras cosas porque contenía en su interior a una perra, con perdón.
Por
supuesto, se trataba de Laika, un animal cuya gesta inspiraría décadas después una
canción especialmente repulsiva de Mecano, titulada también "Laika".
Pero
volvamos a la astronomía: No contentos con el éxito conseguido con el primer y segundo
Sputnik, los malvados soviéticos golpearon de nuevo cuatro años más tarde.
Era el
12 de Octubre de 1961, y Yuri Gagarin, a bordo de la nave "Vostok"
("Oriente"), se convertía en el primer ser vivo que visitaba el espacio y no
recibía una canción de Mecano a cambio.
De
vuelta a la Tierra, y preguntado por el aspecto que ofrecía nuestro planeta desde el
exterior, el cosmonauta ruso declaró: "Desde las alturas del Cosmos, tovarichs, la
Tierra se ve nítidamente. Se distinguen las islas y la costa, y se aprecia claramente la
gloria y el esplendor del Partido."
Los
norteamericanos, mientras tanto, alucinaban mucho y no sabían cómo reaccionar, hasta que
en ese mismo año de 1961, en un apasionante discurso televisado a toda la nación, John
F. Kennedy promete poner a un compatriota en la Luna y hacérselo con Marilyn Monroe antes
de que finalice la década.
Dicho
discurso resultó ser profético pues, efectivamente, tras ocho años de pruebas y algún
que otro fracaso - como el del Apollo I, donde murió hasta el apuntador -, John F.
Kennedy consiguió acostarse con Marilyn Monroe un montón de veces y, aunque para
entonces los dos estaban muertos y enterrados, el hombre llegó a la Luna.
Era el
20 de Julio de 1969, y el evento fue convenientemente retransmitido por televisión y
narrado, al menos en España, por el grandísimo Jesús Hermida.
Millones
de seres se asomaron aquella noche a su aparato de televisión para ver las borrosas, casi
fantasmagóricas, imágenes de Neil Armstrong descendiendo la escalerilla del modulo lunar
del Apollo XI y posando su pie en el Mar de la Tranquilidad.
La
frase: "Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la Humanidad" quedó
grabada para siempre en la historia.
Su
compañero "Buzz" Aldrin fue un poco más allá en términos de no ser un soso
hijo de puta cuando, entre saltos de alegría, exclamó: "Hermoso, hermoso... ¡Qué
magnífica desolación!".
Por
desgracia, los 34 años de carrera espacial que siguieron a aquel primer viaje del hombre
a la Luna resultaron ser absolutamente NO-espectaculares, así que la redacción de Poetamaldito.com (yo) ha decidido presentarlos junto a la silueta de
una cheerleader con pompones:
 - 1969, 1971, 1972: Cinco misiones más a la Luna,
incluida aquella en la que el "torrao" de Alan Shepard Jr. jugó al golf.
- 1970: La sonda rusa Venera se posa
sobre Venus.
- 1976: Las sondas Viking I y II llegan
a Marte.
- 1976: La NASA presenta el
"Enterprise", el primer proyecto de transbordador espacial. Por primera vez en
la historia, la presión de miles de friquis hace que un prototipo de la NASA reciba el
nombre de una puta nave de Star Trek.
- 1977: Las sondas Voyager I y II son
lanzadas al espacio portando mensajes de buena voluntad.
- 1986: El transbordador Challenger
explota en el aire cuando apenas había pasado un minuto de su despegue. La tragedia
suspende durante varios años todas las misiones de la NASA.
- 1990: El Discovery sitúa en órbita
el telescopio espacial Hubble.
- 1995: Tom Hanks hace una película
sobre el Apollo XIII.
- 1996: El Sojourner - un estúpido
robot hecho con piezas de mecano - analiza un metro cuadrado de la superficie de Marte.
- 1998: Se pone en órbita el primer
módulo de la Estación Espacial Internacional (ISS).
- 2001: La MIR ("Paz" en
ruso) cae al pacífico, tras 15 años de servicio en el espacio.
- 2003: El transbordador espacial
Columbia estalla en el aire. |
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Pero ¿qué nos depara el futuro y qué podemos esperar de los
próximos años?
Pues,
de momento, cierta incertidumbre, debido a la reciente tragedia del Columbia y a las
muchas reestructuraciones que habrá de sufrir la NASA.
A
largo plazo, todo pasa por seguir desarrollando la Estación Espacial Internacional (ISS)
y, más adelante, por asentarse en la Luna. La necesidad de recortar gastos hace necesario
ahorrar combustible, y el momento en el que más se consume es precisamente en el
despegue. Si se pudieran lanzar las naves desde nuestro satélite o desde el mismo
espacio, donde la velocidad de escape (la velocidad necesaria para contrarrestar la fuerza
de atracción del planeta) es mucho menor, dicho ahorro sería considerable.
Cuando
esto se consiga, el ser humano será capaz de emprender proyectos hasta ahora impensables
por costosos, como poner el pie en Marte o visitar algunas lunas de nuestro sistema solar,
cosa que sería COJONUDA y que en absoluto expandiría el ámbito de la estupidez humana,
como dijo el gilipollas de Bertrand Russell en 1969, sino que, bien al contrario,
lograría que todas nuestras tonterías quedaran un poco más repartidas.
En
todo caso, el verdadero reto que afrontamos en este nuevo siglo no es otro que mantener y
superar el ritmo de innovación tecnológica conseguido durante los últimos cuarenta
años, y hacerlo en un marco de distensión y cooperación internacional bien distinto al
de la guerra fría.


Chiste Avant-Garde
ligeramente inspirado en STAR WARS.
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Son
muchos los que creen que invertir en la conquista del espacio es tirar el dinero y
preferirían ver la pasta que se va en cohetes, brazos mecánicos y material reflectante
destinada a asuntos más acuciantes, como la educación, la sanidad, la solución del
hambre en el mundo, condones gratuitos o, qué sé yo, la desparasitación de los últimos
hippies que quedan en Ibiza, objetivos todos en verdad muy loables (en especial lo de los
hippies).
Pero,
claro, si nos ponemos en plan trascendente y con ese mismo argumento, resulta que todo
está de más: el fútbol y otros
deportes, las perreras municipales, la doble puesta de sol en STAR WARS, los quioscos de churros con chocolate los sábados
y domingos a las 8 de la mañana, las pelis de Lars von Triers, y, mein Gott...,
esta página.
Puede
que sea cierto que las pelis de Lars von Triers sobran, más que nada porque: A) a mí no
me gustan y B) sólo sirven para quedarse dormido en el sofá del salón, pero vamos a
dejar una cosa clara desde el principio: Invertir en investigación espacial NO ES tirar
el dinero. No es como coger un maletín con miles de millones de dólares y arrojarlo al
espacio mientras dices "adiós" llorando, no. Ese dinero no desaparece: va a
parar a una industria y, finalmente, a unas personas que, como buenos consumidores, lo
gastarán a su vez en, hmmm..., chalecos. Así que cuanto más ganen, más chalecos
comprarán. Existe una clara diferencia entre: A) Tirar el dinero y B) Comprar chalecos.
No,
los chalecos fueron un ejemplo estúpido.
Pero
es que, aunque fuera tirar el dinero - QUE NO LO ES -, siempre será necesario estudiar
nuestro entorno, porque sí, porque eso nos coloca en nuestro sitio, en nuestro punto
exacto. Gracias a la astronomía y a la carrera espacial sabemos ahora que no somos el
centro de nada, que ocupamos sólo un rincón oscuro, olvidado y maloliente del Universo,
que nadie nos ha elegido, y que de nada sirve creer en razas y nacionalidades, ni en
fronteras estúpidas, ni en religiones aún más
estúpidas.
Y para
aquellos a los que no les valga esta razón tan y tan bonita, sniff, y tampoco quieran
saber nada de A NUESTRO JODIDO PLANETA LE QUEDAN DOS TELEDIARIOS Y PRONTO TENDREMOS QUE
COLONIZAR OTROS MUNDOS, exponemos a continuación, y en tono de comedia, una serie de
utilidades y usos prácticos presentes, pasados y futuros que conseguirán amortizar el
terrible, oh terrible gasto que supone la investigación espacial.

Tras
un arduo proceso de documentación a través de Internet en el que he invertido dos
minutos, he descubierto que la investigación espacial nos ha proporcionado un montón de
cosas cojonudas, como el teflón antiadherente de las sartenes, los pañales desechables,
los electrodomésticos sin cable, las papillas y el café soluble. Sé lo que estáis
pensado: si pusiéramos todos estos inventos juntos en un maletín tendríamos en nuestras
manos algo así como el kit 007 de la señora de hacer faenas. Jaja, podéis reiros si
queréis, jodidos, pero sin estos pequeños grandes avances, nuestras vidas serían la
patética pérdida de tiempo que ya son en realidad, sólo que nos daríamos cuenta de
ello mucho más a menudo.
Pero
si algo ha contribuido a la realización del hombre moderno más que cualquier otro factor
en los últimos treinta años, incluyendo Internet y la posibilidad de conseguir porno
japonés de manera anónima, ha sido la investigación espacial, principalmente, por los
satélites. Los satélites son grandes aparatos de metal que sirven para contener perros
en su interior, y que nos permiten disfrutar de incontables canales de televisión,
telefonía móvil, información meteorológica en tiempo real y servicios GPS
especialmente diseñados por si te pierdes en mitad del Pacífico en una balsa hecha de
cañas de bambú y te llamas Kittin Muñoz.
Y por
fin llegamos al momento estelar... ¡EL VELCRO! Nunca, nunca podremos agradecerle lo
suficiente a los ingenieros de la NASA por dar con este maravilloso invento que, sin duda,
merece entrar como número uno absoluto en el ranking de tecnologías espaciales que
algún día salvarán a la Tierra del impacto de un meteorito, y que todos recordaréis
gracias a su aplicación más celebrada: Sustituir a los cordones en las zapatillas de
mercadillo.
Las
zapatillas de mercadillo con tira de velcro son un hallazgo tan importante que, por sí
solas, justificarían catorce años de presupuesto aeroespacial. Y es que después de una
mujer absolutamente desnuda no hay nada más deseable que otra mujer absolutamente desnuda
calzada con unas bambas con tira de velcro. El velcro en el calzado no es sólo cool,
futurista y hace de nuestros pies algo mucho más digno de introducir en la boca de otras
personas, sino que además hace "fris fris" cuando te descalzas.
Lo
cierto es que la NASA no consigue inventar nada a la altura del velcro. El velcro es un
icono de los años 80, al igual que Michael Jackson negro y que las pelis buenas de STAR WARS. El velcro es un antes y un después en la
historia de la agencia espacial. Por eso la NASA ha cambiado su política de
comercialización de patentes por el modelo de "explotación de servicios".
El
ejemplo más claro es el llamado "turismo espacial", que consiste en pasear por
la atmósfera a ricos e inútiles herederos y cantantes de pop para adolescentes con la
secreta esperanza de que haya un terrible accidente allá arriba y se mueran, pero esto es
muy poco imaginativo.
Lo que
necesita la NASA es recuperar el espíritu emprendedor y la visión comercial que una vez
hizo posible el descubrimiento del velcro. Sabiendo que la gente adora el espacio y que
sería capaz de comprar cualquier objeto que hubiera estado en contacto con otro objeto
que hubiera estado cerca de algo que una vez estuvo en el espacio, se puede vender lo que
sea, cualquier cosa. Desde piedras de la Luna, a vacío espacial embotellado, pasando por
pelo púbico de la prima de un astronauta. O el hielo de Marte, por ejemplo. El hielo de
Marte podría proporcionar la mitad de los cubitos de hielo que necesitan las fiestas
pseudo-intelectuales en Barcelona, donde siempre hay algún colgado disfrazado de David
Bowie cuando David Bowie iba disfrazado de marciano gay.
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Otra
espectacular forma de negocio en el futuro serán las películas pornográficas en el
espacio. No quisiera ser muy gráfico al respecto porque podría haber menores leyendo
esto, pero si a títulos como: "2001, UNA ORGÍA EN EL ESPACIO", "ALIEN
TRIO: EN EL ESPACIO TUS FLUIDOS CORREN LIBREMENTE" o el clásico STAR WARRAS se le añadieran un par de escenas de acoplamiento
entre una cápsula nodriza repleta de azafatas lesbianas y un transportador espacial en
forma de consolador, os aseguro que la atención de mis hormonas estaría más que
garantizada.
Las
posibilidades, al menos, son infinitas: strip-teases en gravedad cero a ritmo de una
fanfarria de John Williams, números lésbicos en la cámara de hibernación, graciosas
confusiones con la expresión "polvo lunar" que acaban con pollas en la boca, e
ingenieros grasientos que recorren años luz para arreglar las cañerías de una jodida
nave que no las tiene.
Hasta
se podrían desarrollar variantes aún más ingeniosas incluyendo escenas sin venir a
cuento de un muñeco de E.T. forzando a una falsa pelirroja o, ya en un registro distinto
y descaradamente más gay, a Mac de "Mi amigo Mac" follándose a un astronauta.
Pero
lo mejor serán los tours al espacio para gordos, vendidos como regímenes por e-mail, y
con encabezamientos agresivos:
Estimado cliente
electrónico del que no teníamos datos previos antes:
¿Harto de ser gordo y
de que todo el mundo se refiera a usted como el gordo y de que, honestamente, el
puto gordo vaya a ser el nombre al que se le asocie siempre?
¡Reduzca su peso 7 veces
en nuestro balneario especial, donde podrá hartarse de rost-beef, hamburguesas
y donuts con mermelada, y ganar sólo 38 gramos*!
*En la Luna. |
Por supuesto, el mayor obstáculo al que se enfrentaría mi plan TOURS AL ESPACIO PARA GORDOS sería el de acelerar el culo
de la clientela hasta alcanzar la velocidad de escape, pero esto podría solventarse
fácilmente atándoles a los clientes cohetes suplementarios no masticables en la cintura,
y rezar durante el despegue para que aun así no se los coman.
Otro
pequeño contratiempo podría darse en el supuesto de que algún cliente abandonara por
accidente la órbita de nuestro planeta y fuese a parar a la de Júpiter: y es que, si a
la ya increíble masa de este planeta se le añadiera el peso de, pongamos, un par de
gordos, el incremento de la gravedad podría hacer que nuestro sistema solar se colapsara,
lo que supondría el fin de la vida en nuestro planeta, salvo por las ratas y las
cucarachas, y dos o tres gordos persiguiéndolas para comérselas.
Problemas
logísticos aparte, es más que evidente que la explotación del espacio seguirá a la
exploración del espacio. Si el universo es infinito, las posibilidades de negocio son
también infinitas. La gente en la Tierra ya comercia con cualquier cosa, así que, ¿por
qué no habría de hacerlo en el futuro con todo lo relacionado con el espacio?
Afortunadamente,
todavía queda sitio para algo de idealismo. Uno de los grandes sueños de la humanidad ha
sido siempre contactar con una civilización extraterrestre, quizá su mayor sueño. Ahora
hablamos en serio. ¿Cuánto podría valer eso? ¿Se le puede poner precio a algo tan
soñado por el ser humano como establecer comunicación con otra raza, con otra
inteligencia? No sé, maravillarse ante otra visión del universo y de la vida, ver si
tenemos algo en común. Preguntarle al bicho de Roswell, a un tipo de Vulcano y a una
colección de monolitos en qué depositan sus creencias. Si tienen religión, por ejemplo,
o si componen música. Si escriben literatura, o si recitan poesía; si tienen, tal vez,
algo remotamente parecido a nuestro arte. ¿Qué pensarían de nuestro "2.001",
o de la 9ª de Beethoven, o de "Crimen y Castigo"? ¿Se emocionarían con el
"Paranoid Android" de Radiohead?
Todo
esto, que sería muy bonito, también resultaría compatible con consultas bastante menos
gays, como: "Y vosotros qué pondríais en el lalalala "Jerez - Salamanca"
de esta semana?"

Este
artículo ha sido posible gracias a varios libros de astronomía de los que recorté las
fotografías cuando era pequeño, así que había partes del texto que faltaban: cualquier
error presente en este trabajo se debe a este hecho y no a mi habitual falta de rigor.
La
conclusión que debería desprenderse de la lectura de esta página es que contemplar el
cielo de noche es mejor que mirar la tele a cualquier hora.
Por
último, quisiera aclarar que, si bien siempre quise viajar al espacio y visitar otros
planetas, también tengo otras ilusiones, como estudiar ginecología y follarme a Brenda
Walsh.



NOTA: Muchas de las imágenes que
ilustran este artículo han sido tomadas del programa Celestia, una especie de
cojonudo navegador del universo para tu imperfecto sistema Windows. Poner aquí un enlace
a su página
oficial, más que una obligación, es todo un enlace.


2003, Carlos Miguel Ruiz
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